Algo había pasado. Todos estábamos en silencio. El gato olfateaba las rosas, sabiendo que la muerte estaba ahí. No había preguntas; las miradas hablaban por sí mismas. Eran —como es lógico en estas circunstancias— miradas perdidas, absortas, sin dirección. Y sí; cuando los ojos sólo miran hacia adentro, se hunden en un río turbio, marrón, donde nada se distingue, salvo una luz que nunca termina de revelarse. Y entonces todo es peor, porque quisiéramos saber. Pero no podemos. Algo había pasado, insospechado, imprevisto. No la vimos venir —se dice así, pensé—; ninguno imaginó que esto fuera posible. Y sin embargo, ya estaba entre nosotros. Con una presencia terrible, invisible pero real, dominando nuestros corazones. Recordé unos versos de Joaquín Giannuzzi: ruega redención / y significado para todo. Entonces la cólera sube por la espalda, primero despacio, luego más veloz, y al final, es una bestia que entra por la nuca y perfora con sus dientes todo lo que encuentra a su paso. Así se clava en la mirada. Incapaz de tomar alguna decisión, me fui a mi habitación y escribí:
En la boca de la noche
un tigre vendrá a nuestra puerta,
miraremos por la ventana
y ahí estará
también la lluvia
Pero no habrá ventana;
donde la mirada de un tigre crece
solo existe el hambre.
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