Vestigios

En la foto estoy sonriendo. Tengo la edad del menor de mis hijos, tal vez unos diez años. Una torta de cumpleaños me precede. En mi memoria no encuentro ese día, solo pequeñas huellas en el tiempo, señales de un origen, de una patria confusa. ¿Será que las fotos nos engañan? Algo quedó afuera del cuadro. Está ahí y al mismo tiempo no está, se escondió. ¿Será que la verdad no puede ser retratada? ¿O que la muerte siempre lleva una máscara para que no podamos reconocerla? La foto calla, no dice nada. En la quietud de la imagen, todo lo demás desaparece. Más allá de los bordes está lo silenciado, lo que no tiene voz.  ¿Quiénes estaban allí y se perdieron? Sus canciones humedecen las maderas del sueño, humedecen las maderas de los dormitorios cerrados a la esperanza. Siento las oraciones, su lentitud, como serpientes bellísimas que pasan sobre mi corazón —dicen unos versos de Antonio Gamoneda. ¿Así es crecer, saltar de una foto a otra, siempre distinto y al mismo tiempo una idéntica mirada del otro lado que piensa: soy yo otra vez?  En aquella foto se perdieron los sueños; ahí el mundo crece, se expande, llega al cielo, corre de la pesadilla al baile, a la fiesta, canta lo imposible, toca lo que la mano no puede. Se ama más allá de las formas y de los cuerpos. En la vigilia del alma se busca a Dios, se bebe el agua que ofrecen sus manos. Y se lo escucha decir de nuevo: mirá cielo, contá las estrellas. Todo esto es cierto: las huellas y las ausencias, las fotos, los sueños, yo mismo otra vez, sentado frente a una página en blanco.


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