¿Qué querés ser cuando seas grande? -me preguntaron. Sí, a todos nos hicieron esa pregunta alguna vez. “Cuando seas grande” siempre fue la consigna. Es una cuestión de futuro. Pero ¿cuándo se es grande? ¿A los 18, a los 21, a los 40 o a los 60? Ser como si en ese momento no fuera; es decir como si estuviese fuera del ser, en otro plano de la existencia. Como si un yo diverso me estuviera esperando quién sabe dónde ni cuándo. Entonces aquel niño -y tal vez todos los niños- crecieron pensando en dar respuesta a esa pregunta endemoniada: ¿qué quiero ser cuando sea grande? Una vez le pregunté a mi hijo, para ver si entendía del tema. Me dijo: ciclista. Le pregunté a mi hija. Me dijo: maestra. Le pregunté a mi esposa. Me miró y no dijo nada. Sospecho que una verdad se esconde en esta cuestión. Está ahí, agazapada, como un soldado camuflado en la espesura de un bosque: Quiero ser. Tener un papel en esta obra de teatro que es la vida, dejar un rastro, escribir en la memoria, afirmar mi existencia. Porque la contracara del ser es el no ser: la muerte. Claro, porque si cuando sea grande no soy tal cosa, ahí tengo un problema: me quedé afuera de la obra. Y sí, para sincerarme muchas veces estoy, estuve, me siento fuera de la escena, arrojado al vacío, en el silencio de la nada, sin otra realidad que mi respiración, mi singularidad, mi ser. ¡Apareció de vuelta! Estaba ahí. Claro porque el ser me es dado, no me lo hago yo, no lo fabrico, no es lo que quiero ser sino lo que soy, aquí y ahora. La trampa es el hacer. La mentira dice: haciendo se es. Eso se llama activismo. Por el contrario -dice Byung-Chul Han- la inactividad es una forma de esplendor de la existencia humana. Y ahí están esos tres versos del gran Ungaretti para iluminar esta página: La muerte / se paga / viviendo.
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