Los últimos días llovió mucho en Buenos Aires. Fueron días intensos, donde el cielo no paraba de tirarnos copiosa agua sobre nuestras cabezas. Casas inundadas, paredes humedecidas: un verdadero aguacero interminable. Aunque ya estamos en mayo, el invierno todavía no llega y el calor aún deja caer su aliento sobre la tarde.
Pero en medio de esta lluvia recordé algo que sucedió hace unos años. Realmente no sé cuánto tiempo atrás. Tal vez este recuerdo, que vino a mi memoria de repente, sea una forma de supervivencia, un reflejo de búsqueda en medio de estas jornadas terribles.
Sucedió un verano. Hacía un calor insoportable. Era un sábado y habíamos terminado la misa ya entrada la noche. Salimos de la parroquia con los hermanos; la ropa se nos pegaba al cuerpo, y la humedad era también espantosa. En el camino de regreso,apenas unas pocas cuadras, se largó a llover a cántaros. Estábamos con mi familia y un matrimonio con una hija que, por aquel entonces, vivían enfrente de nuestra casa. Esto hacía que, luego de la misa, a menudo compartiéramos una cena ligera, nada sofisticado, sino improvisado con lo que hubiera.
Aquella noche, mientras volvíamos caminando y la lluvia comenzaba a caer con fuerza, mi amigo me dijo:
—Tengo una sidra en la heladera…
Ahora recuerdo también que estábamos en los días posteriores a la Navidad, por lo tanto, siempre quedaba alguna botella dando vueltas.
Así fue. Llegamos a casa con mi familia, nos cambiamos la ropa para estar cómodos y sacarnos el pegote de humedad, y cruzamos a la casa de enfrente. La lluvia ya arreciaba, y era estupendo sentirla sobre nosotros; no nos importaba mojarnos.
Sin llegar a entrar en la casa, nuestro amigo ya nos esperaba con unas reposeras en la vereda. Nos sentamos bajo la lluvia. Las mujeres de la familia se metieron adentro; mis hijos, nuestro anfitrión y yo preferimos quedarnos en la tempestad. Ahí nomás, abrimos la sidra y la fuimos tomando, en finas copas, bajo la lluvia.
Pero lo maravilloso fue la experiencia que vivimos: el tiempo, los apuros y la velocidad de nuestras vidas se detuvieron. La lluvia nos tocaba con una frescura que nuestros cuerpos, golpeados por el calor, necesitaban. Compartimos un momento de paz y felicidad que prolongaba lo que habíamos vivido un rato antes en la misa: la comunión, el encuentro.
Las pocas personas que pasaban por el lugar —caminando, en auto o los chicos del delivery en sus motos— no dejaban de sorprenderse al ver a estos locos, sentados bajo la lluvia, tomando una sidra, brindando y riendo. Y también ellos reían con nosotros.
¿Cuántas veces necesitamos recobrar estos instantes en nuestras vidas agitadas por la premura y las obligaciones?
Hay un pasaje de José Tolentino Mendonça, en un texto hermoso titulado Nuevas bienaventuranzas para la familia, donde expresa:
«El tiempo de Dios es un tiempo abierto. ¿Y qué es lo abierto? Es aceptar que lo que vemos en este momento es sólo una etapa y una estación. Amar también es escuchar lo que es nuevo en cada momento, acompañar el flujo del misterio del tiempo”.
Así lo hicimos aquella noche: vivir en compañía de aquellos que queremos, reencontrarnos con nosotros mismos bajo la lluvia del verano, conocer el don de Dios (Jn 4,10) que habita en las pequeñas cosas, aprender a escucharnos, compartir una sidra… vivir como si estuviéramos vivos.
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