“A mí no me va a pasar”. Esa voz interior, lejana, pero constante, me lo repite a menudo, sobre todo cuando los problemas parecen ajenos. “A mí no me va a pasar”. Como si la muerte fuera un asunto de otros, no mío.
Es la absurda creencia de ser invulnerable, un dios en miniatura convencido de que la muerte no tiene lugar en mi existencia. ¿De dónde proviene este engaño? Creerme inmortal, aun sabiendo que los días y las horas son transitorios, mientras algo en mí se resiste a aceptar la fragilidad de la vida. Es una doble expectativa: la finitud y la infinitud coexistiendo, como si caminaran juntas hacia el destino, tomadas del brazo.
Son palabras densas para este día que empieza, cuando las contradicciones intentan ser silenciadas, evitando todo conflicto. Entonces, una dosis de optimismo, querido lector, y tal vez puedas cerrar esta página. Pero me salen cosas serias al escribir, aunque me gustaría hablar de temas ligeros. Sin embargo, la banalidad me aburre. Y así, siempre inquieto, me veo preguntando, cuestionando lo dado, desentrañando el sentido de las cosas.
Por más que quiera vivir distraído, en las ocupaciones y trabajos de los días, pensando qué voy a cenar, qué vino puedo beber cuando llegue la noche, a dónde realizaré un próximo viaje; una y otra vez percibo la seriedad de la vida, el sabor de las contradicciones. Sí, el sabor, esa experiencia frente a los pequeños fracasos en el paladar: una discusión, un insulto, una humillación cotidiana, un destrato, una pérdida, una situación que lastima, son todas experiencias donde vemos presente a la muerte como algo que se manifiesta más allá del morir físicamente, es una brisa helada que recorre el mundo y da esos pequeños golpes, clava flechas hirientes todos los días, es en definitiva, algo que se saborea constantemente. Sartre sabía de esto y no habló de otra cosa en toda su puta vida; como menciona Vargas Llosa, refiriéndose a la novela La Náusea de Sartre: “no tiene demasiada razón de ser y el libro solo expresa un disgusto universal de los seres y las cosas que maquinan y sienten, que es una manera de decir que todo este mundo es frío y sin alma. Es en definitiva una especie de escape neurótico”.
En Filoctetes descubrí una imagen de la muerte de los otros. Es un personaje en una tragedia de Sófocles, representada en el año 409 a.C. Fue uno de los caudillos que se unió a la expedición contra Troya. Poseía siete naves con cincuenta arqueros cada una. Era, además, el poseedor y custodio del arco y las flechas de Heracles, por tanto, un hombre versado en el arte del arco. Aun así, Filoctetes no llegó a Troya. En una escala en la isla de Crisa, mientras celebraba un sacrificio, una serpiente le mordió un pie. La herida se infectó y comenzó a desprender un horrible hedor y sus gritos eran acuciantes. Frente a lo insoportable de la situación para sus compañeros, Odiseo convenció al resto de los jefes de abandonar al herido en la isla de Lemnos. Es decir que Filoctetes fue traicionado, abandonado a morir por sus propios camaradas, debido al insoportable olor de la infección en el pie y a los constantes gritos de dolor. Es el hombre abandonado, el que lleva en sí mismo, el signo de la muerte. Puesto que ha caído en desgracia, ya no es útil, por lo tanto, bien puede ser desechado. Y así sucede, mientras sus compañeros luchan en Troya, él debe sobrevivir aislado en la isla de Lemnos.
Como Odiseo, tiendo a descartar lo que me provoca o rodea de negatividad, a sacar el mal olor, a excluir de mi existencia, todo aquello ronda con olor a muerte, quitar la cruz. Es un reflejo, un impulso, pues es la muerte de los otros, la herida es de los demás. Entonces, mejor dejarlo al costado del camino, porque a mí no me va a pasar. Y, al igual que Odiseo, en ese pragmatismo ciego, no puedo ver que por delante tengo un largo retorno, después de la guerra, hacia Ítaca.
En este sentido, menciona Byung-Chul Han que la actual sociedad positiva elimina cada vez más la negatividad de la herida. Se evita cualquier intervención costosa que pueda conducir a una vulneración.
El sentimiento de abandono de Filoctetes y su búsqueda de sentido en su sufrimiento todavía nos hablan hoy. Pues la muerte, los sufrimientos, las injusticias, son de todos por más que se las quiera tapar. Y a mí también me toca en suerte las generales de la vida y del destino. Trascender es ser en otro, es hacerse uno con el otro, en el dolor y en la alegría. Sin herida no hay verdad. Dice Rilke: “no hay poema sin accidente, no hay poema que no se abra como una herida, pero también que no sea hiriente”. Sin herida no hay poesía ni arte.
Pretender eliminar el dolor es inhumano. El dolor existencial es constitutivo de la condición humana, porque es el hombre el único capaz de plantease la pregunta metafísica.
¿Cómo termina la historia de Filoctetes? Sus compañeros finalmente lo van a buscar a Lemnos por conveniencia, dado que su arco y sus flechas eran vitales para la victoria. Se curará y ganará mucho honor y fama en la batalla.
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