Nunca sentí miedo ante la página en blanco, ese fantasma que acecha a tantos escritores; esa sensación de quedarse sin ideas o bloqueado frente a un documento vacío, necesitado de palabras. Algunos lo llaman un síndrome, un término quizá exagerado.
La página en blanco es impotencia, es querer y no poder. Es, en definitiva, el silencio forzado, el quedarse mudo, obligado a callar, sumido en el vacío. Es una humillación. ¿Y quién está dispuesto a asumirla?
Por el contrario, para mí, la hoja en blanco es una invitación, una oportunidad para llenar lo posible, lo infinito, aquello que se abre con todas las posibilidades, con todos los nombres. Así, mi vida se despliega frente a la promesa de un camino por recorrer, un mapa aún sin trazar, y la mezcla de diversión y riesgo de saber que lo escrito jamás alcanzará lo pensado, lo puramente mental. Y de ahí surge el asombro.
Pero esto no se limita al oficio de escribir. La página en blanco está presente en muchos aspectos. Cuando murieron mis padres, tuve que aprender a escribir solo, a continuar la historia con mi propio pulso, a mi ritmo y a mi modo. Comprendí también que podía modificar la historia, renovarla, aunque al final, quién sabe si será tan distinta.
Todos imaginamos –al menos yo lo creía en otro tiempo– que podemos traspasar límites, ir más allá, vencer los obstáculos de cada día, escribir con el ser y con las manos, mejor que los demás. Y la verdad es que, quizás, no existe una vida tan diferente de las otras. Ahora, apenas puedo decir algo, apenas balbuceo, y advierto, de pronto, que lo verdadero es el silencio. Sí, eso: la página en blanco.
Cuando nos mudamos juntos, mi esposa y yo comenzamos a escribir otra historia, una página nueva se abrió frente a nosotros, y ni siquiera me di cuenta. Allí esperaban nuestros sueños, proyectos e ilusiones, y sobre todo, nuestro amor, que aún sigue vivo. Y porque sigue vivo, continuamos llenando el lienzo blanco de cada jornada, con los vestigios de las risas y las lágrimas; un poco de todo, como es vivir en verdad.
Sin embargo, hay algo que hoy me da verdadero temor: la página llena. Para mí, es más peligrosa que la vacía. Las jornadas más terribles son aquellas que vivo en una página ya escrita. Tal vez sea el activismo constante, el frenesí de los compromisos, las reuniones, las entregas, los mandados. Solo queda entrar en lo ya establecido, sin oportunidad de cambiar nada, aceptando lo que viene sin entender ni cuestionar por qué. Así también se vive, o mejor dicho, se malvive, en una hoja donde no me reconozco, donde solo “transcurro” sin saber por qué estoy ahí.
¿Es posible soportar la desfachatez y la presencia de la página en blanco? ¿Es posible respetarla en su pureza, sin mancharla? ¿Llenarla con “ser” y no con “hacer”? Quizás, como dice Byung-Chul Han, hemos olvidado que la inactividad, que no produce nada, constituye una forma intensa y esplendorosa de la vida.
Entonces, el miedo no es a la página en blanco, sino a la página llena. Muchos días, antes de amanecer, mi agenda ya está completa. ¿Qué hacer si el tiempo ya me fue robado? A veces, tomo el día en mis manos, lo abollo como una hoja de papel y lo lanzo al tacho de basura. Entonces, a empezar de nuevo. Otras veces no; no tengo más remedio que aceptar la historia. Si uno de mis hijos me despierta en la madrugada porque se siente mal y tiene fiebre, debo zambullirme de lleno en esa piscina para ayudarlo a flotar. Hay tantos otros ejemplos, pero ya sabemos de qué va esto.
Aun así, la hoja en blanco sigue siendo un camino pleno de posibilidades, y en los momentos difíciles siempre puedo decir: “todavía”, con mis orejas de niño para oír el mundo –como decía Gonzalo Rojas– y soñar con una línea que ajuste el cuento.
Cuando camino por la calle, me gusta hacerlo como los niños. Ellos no van recto como los adultos, sino que saltan de un lado a otro, suben a un cordón, se trepan a una reja, pisan charcos, rebotan en canteros. Es maravilloso, y a mí me gusta andar así: explorando, descubriendo, corriendo el riesgo de romperme una pierna.
Al final, uno de estos días, no sé cuándo, me enfrentaré con la última página en blanco, que es la muerte. Y espero y deseo estar frente a esa hoja blanca para volver a escribir, divertirme y empezar de nuevo, según el dicho latino Nulla dies sine linea; ningún día sin una línea.
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