A mis cincuenta años, todavía me siento joven, aunque con frecuencia, en la calle, las mujeres me llamen «señor».
Estoy seguro de que mi esposa se disgustará cuando lea estas líneas y comenzará a regañarme, pensando que me hago el pibe, que me niego a envejecer o que no acepto el paso del tiempo. Tal vez lo haga porque, en el fondo, ella tampoco quiere envejecer, y descarga en mí la frustración de su propia inquietud. Pero, al fin y al cabo, ¿quién no quiere seguir siendo joven? Seamos sinceros. Mi experiencia es que me voy agotando, como una brasa en el fuego, y no lentamente, sino de manera rápida, demasiado para mi gusto.
A menudo pienso que apenas ayer me casé, pero en realidad ya han pasado veinticuatro años. O recuerdo, como si fuera hace unos días, haber visitado la tumba de San Francisco en Asís, haber caminado junto al mar en Porto San Giorgio o despedido a un amigo. Pero la verdad es que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vi.
Quizá sea porque he vivido cada instante tan intensamente que todo me parece presente. Incluso el sufrimiento, como decía Nietzsche, eso que no deja de doler y por lo tanto permanece en la memoria, sigue ahí, siempre cercano. Ejemplos abundan, pero ¿para qué darles protagonismo aquí? Aunque lo merezcan, prefiero ignorarlos.
Hoy, quisiera volver a trepar por aquel barco encallado en la arena, junto a mis amigos, sin temor a romperme una pierna o a que la marea suba y el mar nos devore. Teníamos diecisiete, o quizás dieciocho, y nos aventurábamos en las playas de Quequén, quemando el tiempo, cortando la tarde con nuestras risas, ardiendo en el alcohol discreto que bebíamos sin emborracharnos, siendo sinceros con nosotros mismos. Grandes amigos que el tiempo y la vida dispersó, porque nuestra amistad no pudo resistir las exigencias de la vida que cada uno debía construir. Las historias se abrieron y nos fuimos alejando. Hoy, casi solo el recuerdo nos une.
Hace tiempo, intenté encontrar una palabra que ilumine la realidad del tiempo, y su paso lento pero constante, y a la vez silencioso. Así llegué a una historia bíblica que habla del tiempo, tan discretamente como lo es el mismo. Es la de Jacob, quien deseaba casarse con Raquel, la hija de su tío Labán. Desde el primer momento en que la vio, Jacob quedó fascinado por su belleza. Para ganarse su mano, trabajó siete años al servicio de Labán, quien prosperó gracias a sus esfuerzos. Cuando llegó el momento de la recompensa, Jacob pidió a Raquel, pero Labán, astuto y tramposo, tenía otros planes. La noche de bodas, Labán cambió a Raquel por su hija mayor, Lía, quien llevaba un velo, como dictaba la costumbre. Jacob pasó la noche con la mujer equivocada y al amanecer descubrió la trampa. Indignado, reclamó a Labán: “¿Cómo pudiste hacerme esto?”. Labán respondió con descaro que no era costumbre casar a la hija menor antes que a la mayor, y le ofreció a Raquel a cambio de otros siete años de servicio. Jacob, sin más opción, aceptó, y finalmente se casó con Raquel. Lo sorprendente es la reflexión que añade el narrador bíblico: «Jacob amaba tanto a Raquel, que siete años le parecieron un solo día». ¡Así es, siete años como un solo día! Así transcurre el tiempo cuando se vive con pasión y entrega total.
¿Será eso? ¿Así funciona el tiempo? ¿De dónde surge esta chispa vital? ¿Por qué, aunque mi cuerpo se desmorona, siento que aún puedo escalar montañas, jugar fútbol por la tarde, montar a caballo y recorrer los campos con mis amigos? Algo no encaja: por un lado, me agoto, y por otro, sigo intacto. ¿Acaso no llego a mi esposa como el primer día? ¡Qué maravilla, volver a amarla como si fuera la primera vez, siempre nuevos, conociéndonos de nuevo!
Demorarse en el presente, habitar el tiempo como un ejercicio constante de contemplación, es el deleite de estar aquí. Aunque comprendo a quienes huyen perpetuamente, escapando de su propia vida, queriendo arrojar su existencia, como decía Sartre. Los entiendo, porque sé que muchas veces no es fácil estar aquí y ahora.
Pero a mí, hoy, me sucede todo lo contrario. Tal vez sea solo un estado de ánimo, quién sabe. Lo cierto es que, mientras escribo, me vienen a la mente unos versos de Neruda: «Sucede que soy y que sigo, sucede que tanto he vivido, que quiero vivir otro tanto».
Es que el alma no envejece.
Descubre más desde Andrés Haedo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.