Ensayo sobre el mesías en la oración
El primer anuncio del mesías
El primer anuncio de salvación lo encontramos en el libro del Génesis, inmediatamente después de la caída del género humano, en el denominado Protoevangelio. En efecto, allí dice Dios a la serpiente: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar” (Gn. 3, 15).
En estas palabras se hace presente el primer anuncio de la esperanza de Dios para el hombre: el linaje de la mujer aplastará la cabeza de la serpiente. A su vez, el pronombre personal “él” (te pisará…) atribuye esa victoria, no al linaje de la mujer en general, sino a uno de sus descendientes, Jesucristo. Asimismo, en este pasaje, vemos prefigurada a la mujer del Apocalipsis (Ap. 12, 17), a quien el demonio perseguirá y al mismo tiempo, entablará la guerra con el resto de sus hijos.
A esta mujer, imagen de la Madre de Dios y de la iglesia, dice el apocalipsis se le dieron las dos alas del águila grande para volar al desierto donde tiene que ser alimentada. Estas alas del águila grande son las escrituras, los salmos y la oración en general.
Queda de manifiesto, entonces, la estrecha relación entre el primer anuncio de salvación y la oración, fuente de alimento para la mujer en el combate.
La figura del mesías se une de inmediato a la oración, puesto que es el mismo Dios quien descubre y quita el velo sobre la verdad: “¿Quien soy yo para ustedes? – preguntará Jesús a sus discípulos. Es el Espíritu de Dios quien revela la respuesta:- “Tu eres el mesías, el hijo de Dios”– Contestó Pedro; y luego el maestro concluye; –”Esto no te lo reveló ni la carne, ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”. Como también afirma San Pablo, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, es él sobre todo en la oración quien revela el rostro del mesías; por eso también dice el salmista: “a tu luz Señor vemos la luz” (Sal. 36).
No sabemos pedir como conviene
Dado que el género humano se encuentra en este combate, no siempre la verdad se muestra con claridad, por ello San Pablo afirma: “el Espíritu viene también en ayuda de nuestra flaqueza. Como nosotros no sabemos pedir como conviene, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indescriptibles” (Rm. 8, 26).
Esta es la clave, no sabemos pedir como conviene; por eso Dios sale al encuentro.Y no sabemos pedir por la simple razón de que, por la herida del pecado original, el hombre está condenado a darse todo para sí mismo, al egoísmo. Como dice una expresión del imaginario popular solo pedimos “salud, dinero y amor”. Y lo hacemos de múltiples formas, a veces camufladas, endulzadas, solapadamente, y recurriendo a fórmulas piadosas; pero lejos de ser una auténtica oración.
Esta oración se une a la imagen que tenemos del mesías. ¿Qué preferimos a Jesús o Barrabas? ¿Anhelamos un mesías que solucione nuestros problemas? ¿O aquel que no se resiste al mal y sube a la cruz? Al igual que muchos en la época de Jesús, esperamos un Mesías que nos solucione los problemas. Por eso no sabemos pedir, pero Díos -que nos ama como somos- viene en ayuda de nuestra flaqueza dando testimonio e intercediendo por nosotros.
Cómo reza el mesías
Cuando los discípulos advierten sus limitaciones para rezar, piden al maestro que les enseñe. El responde con el Padre Nuestro.
Esta oración, la más fundamental en la iglesia, es concreta, nos muestra que en la oración, el hombre se reconoce creado por Dios, que la vida le viene de él por lo que Dios es su padre y que está vivo en el cielo. Luego viene la clave central, “hágase tu voluntad”. El orante no se impone a Dios, sino que acepta lo que sea, porque sabe que el Padre lo ama, y por tanto, su voluntad es buena.
Esta es la actitud central también en Jesucristo, cuando en Getsemaní frente a la inminencia de su entrega ora así: “Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”. Y es maravilloso y sorprendente lo que agrega San Lucas a continuación: “Entonces se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba”.
Tremendas palabras que nos muestran la intimidad de la oración del Cristo, el ungido de Dios, el mesías. Pero es singular el hecho de que al entrar en la voluntad del Padre, un ángel conforta a Jesús, lo que indica que aun en la tribulación no estamos solos, sino más bien hay seres: personas, ángeles, la virgen María, el mismo Cristo, el Espíritu Santo, y el Padre que nos acompañan. Aun, en el peor momento de nuestras vidas no estamos solos.
El mesías en tres salmos
Veamos ahora tres momentos del mesías en la oración en tres salmos. La recomendación de los salmos está asegurada por el hecho de que fueron la oración de Jesús, de María, de los Apóstoles y de todas las generaciones cristianas que nos precedieron (Francisco, 2024).
Jesús, según la Carta a los Hebreos, entra en el mundo con un versículo de un salmo en el corazón: “He aquí que vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad” (Hb. 10,7; Sal. 40,9); y deja el mundo, según el Evangelio de Lucas, con otro verso en los labios: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc. 23,46; cf. Sal. 31,6).
Primero: Salmo 44
Me brota del corazón un hermoso poema,
dedico mis versos al rey:
mi lengua es como la pluma de un hábil escribiente.
Tú eres hermoso, el más hermoso de los hombres;
la gracia se derramó sobre tus labios,
porque Dios te ha bendecido para siempre.
Así comienza este salmo, el cual ha sido catalogado como un epitalamio real, es decir un canto nupcial; y ya los maravillosos versos iniciales nos orientan en este himno en honor del soberano.
Según se ha explicitado en sus notas, este salmo bien pudiera ser un canto profano para las bodas de un rey israelita, Salomón, Jeroboam II, o Ajab. Pero las tradiciones judía y cristiana lo refieren a los desposorios del Rey Mesías con Israel (figura de la Iglesia), y la liturgia, a su vez, amplía la alegoría refiriéndose a la Virgen María. En este contexto, el poeta se dirige primero al Rey Mesías, v. 3-10, aplicando los atributos de Dios y del Emmanuel y luego a la Reina, v. 11-17 (cf. Biblia de Jerusalén, pág. 719).
La belleza del esposo, es un signo de un esplendor interior y de la bendición divina. En un mundo caracterizado a menudo por la fealdad y la descortesía, está imagen es una invitación a reencontrar el verdadero esplendor de la fe (la via pulchritudinis), para ascender a la belleza divina (San Juan Pablo II, 2004).
Pero esta belleza, no es un fin en sí mismo, sino que es la nota propia del Mesías, el más hermoso de los hijos de Adán, es decir el nuevo Adán. Esplendor e imagen de Dios y del hombre nuevo, que “tensa su arco” y “cabalga con la verdad, la mansedumbre y la justicia” (v4-5). El hombre que tiene poder sobre el pecado y la muerte. Así resplandece en el mundo el rostro luminoso de Dios.
Segundo: Salmo 143
Seguimos con el salmo 143. Es un himno regio, nos propone dos momentos distintos (cf. v. 1-8 y v. 9-15); comentar la primera parte será suficiente:
Este salmo es de época sucesiva, es fácil pensar que el rey exaltado no tiene ya los rasgos del soberano davídico, pues la realeza judía había acabado con el exilio de Babilonia en el siglo VI a.C., sino que representa la figura luminosa y gloriosa del Mesías, cuya victoria ya no es un acontecimiento bélico-político, sino una intervención de liberación contra el mal (Cf. Benedicto XVI, 2006).
Luego el orante hace una profesión de humildad: v4 El hombre es semejante a un soplo, / y sus días son como una sombra fugaz. Se siente débil, inmerso en el flujo del tiempo que transcurre, signado por los propios límites de su existencia: “v3 ¿qué es el hombre para que tú lo cuides, y el ser humano, para que pienses en él?”, es decir, ¿por qué Dios se interesa por esta criatura tan miserable y caduca? Sólo él, a diferencia de toda la creación, puede conocerlo, ser su amigo, hacerse uno con Dios.
Entonces llega el momento bisagra: “v5 Inclina tu cielo, Señor, y desciende”; efectivamente el Mesías ha descendido desde lo alto, ha tomado la carne del hombre y muchos han creído. Este momento dará paso a la epifanía: “toca las montañas para que arrojen humo. / 6 Lanza un rayo y dispersa a tus enemigos, / dispara tus flechas, y confúndelos. Entonces para los cristianos, Dios ya no es una hipótesis, sino una realidad, una experiencia, porque Dios «ha inclinado su cielo y ha descendido». El cielo es él mismo y ha descendido en medio de nosotros (Cf. Benedicto XVI, 2006).
Este salmo parte de la debilidad, del reconocimiento de la transitoriedad y de la miseria del hombre y culmina con don; Dios Emmanuel está a nuestro lado.
Tercero: Salmo 109
Para cerrar, este breve recorrido, veamos el salmo 109 que es el más citado en el nuevo testamento, y el salmo mesiánico por excelencia:
Dijo el Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
mientras yo pongo a tus enemigos
como estrado de tus pies».
Cristo resucitado está sentado a la diestra del Padre cumpliendo su mandato. “En el camino bebe del torrente y levanta la cabeza” (v.7). Los santos Padres, en las interpretaciones más antiguas, se preguntan: ¿De qué torrente bebe? Es una imagen poética de un valiente que se detiene en medio de la batalla y bebe de un torrente por la tremenda sed que tiene, antes de seguir. La interpretación más común dice que el torrente son las amarguras de su misión, o sea la pasión, los sufrimientos.
A lo largo del camino bebe del torrente de los sufrimientos como siervo de Yahveh. Levantar la cabeza en el lenguaje bíblico significa estar realzado; significa la Resurrección de Cristo.
“El cetro de tu poder extiende el Señor desde Sión (v2)… Tú eres sacerdote para siempre a la manera de Melquisedec” (v4). Así como Melquisedec aparece sin genealogía para un sacerdocio nuevo, la Epístola a los Hebreos presentará el sacerdocio de Cristo en oposición al sacerdocio de Aarón, del culto antiguo.
Dios establece con el Mesías un nuevo culto en el mundo, un sacerdocio a la manera de Melquisedec. Cristo que con una sola oblación ha entrado en la tienda, ha traspasado el velo que separaba a los hombres del Santo de los Santos y ha entrado para siempre en el cielo y desde allí intercede por todos los hombres.
El don de Dios
Cuenta el evangelio de San Juan que cuando Jesús se dirigía de Judea hacia Galilea, llegó a Samaría, a un pueblo llamado Sicar. En las proximidades de este lugar, se detuvo junto al pozo de Jacob, estaba cansado.
Llegó una mujer samaritana a sacar agua y se produce un diálogo maravilloso cuando Jesús le pide que le dé de beber. Esta mujer se sorprende que siendo judio le pidiera esto, puesto que los judios y los samaritanos no tenían trato. Jesús le dice: “Si conocieras el don de Dios y supieras quién es el que te dice “Dame de beber”, tú se lo habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva” (cf. Jn. 4,10).
Si supieras quién es…. Jesús. Esta es la llave, que nos remite ahora al título y al comienzo de este texto, ¿quién soy yo para ustedes? -pregunta a sus discípulos. Esta palabra se dirige ahora a nuestro presente, a nuestra vida y nuestra historia.
El Señor promete a la Samaritana un agua que será, para quien beba de ella, fuente para la vida eterna (Cf. Jn. 4, 14), de tal manera que quien beba no volverá a tener sed.
El agua es un elemento esencial para la vida, pero el hombre tiene una sed mucho mayor aún, una sed que va más allá del agua del pozo, que busca una vida que sobrepase el ámbito de lo biológico. Una vida completa que, siendo manantial ella misma, no está sometida al principio de muerte (Cf. Benedicto XVI, 2008, p. 286). El agua que ofrece el Mesías, es la fuerza vital que apaga la sed más profunda del hombre y le da la vida plena que él ansía aun sin conocerla.
BIBLIOGRAFÍA
Benedicto XVI. Audiencia General. Miércoles 11 de enero de 2006.
Benedicto XVI. Jesús de Nazaret.Buenos Aires. Planeta, 2008.
Francisco. Audiencia General. Miércoles 19 de junio de 2024.
San Juan Pablo II. Audiencia General. Miércoles 29 de septiembre de 2004.
Descubre más desde Andrés Haedo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
