Odiseo y los nómadas digitales

La historia del espíritu humano es el relato de una búsqueda. Así lo cuenta toda literatura, o al menos la que merece ser leída. Desde Homero hasta el presente, generación trás generación, empezando por los libros y últimamente en la pantalla, hemos buscado una raíz, un espejo final donde el ser humano pueda, al fin de cuentas, reconocerse y encontrarse consigo mismo.

En la Odisea ya está todo esbozado. La búsqueda es allí un retorno, es regresar a la casa, a la tierra propia, a la patria, y sobre todo a una mujer que no se resigna, Penélope. El astuto y sufridor Odiseo atraviesa las pruebas de su viaje contra toda esperanza para llegar, por fin, a su lugar en el mundo, donde están su hijo, su pueblo y su amada. Todo el ser de Odiseo se ve condicionado por está realidad existencial, fuera de la cual la vida misma perdería sentido.  Ni siquiera lograron persuadir el ánimo dentro de su pecho la divina Calipso -ofreciéndole aún la inmortalidad-, ni la engañosa Circe, deseando ambas que fuera su esposo, pues “no hay nada más dulce que la tierra de uno y de sus padres, por muy rica que sea la casa donde uno habita en tierra extranjera y lejos de los suyos”.

Más recientemente, en la década del 80  y ya en la pantalla, la frase “E. T. phone home”, marcó un hito en el cine de ficción. Es la historia de un extraterrestre botánico que queda varado en el planeta tierra y luego es rescatado por un niño con quien establece una conexión psíquica, y que lo ayudará a comunicarse con su planeta y finalmente regresar a su casa, luego de atravesar diferentes momentos críticos, repletos de aventuras.  Cuenta Steven Spielberg, director de la película, que el personaje nació, mucho antes, luego del divorcio de sus padres cuando se creo un amigo imaginario para llenar el vacío que esta situación le provocaba. 

Al igual que Odiseo, el E.T. tiene la necesidad de retornar al único lugar que le es propio, su casa. 

¿Estamos existencialmente unidos a un lugar? ¿Es esta una condición que nos confirma, que nos realiza en lo más profundo de nuestro ser? ¿Un lugar, una casa, una tierra, una mujer -siguiendo a Odiseo-, como lugar definitivo y final? ¿O por el contrario, da igual, vivir como extranjeros o aún más… como nómadas?

Antoine Roquentin, es el protagonista de la novela La Náusea, de J. P. Sarte, publicada en 1938. Es un hombre soltero, de unos treinta años que vive solo y narra sus días en forma de  diario personal. A través de este personaje, Sartre, despliega su visión del mundo, de la existencia y del hombre, el cual al fin de cuentas, carece de un propósito vital. La vida es un total vacío, nada la llena, todo es igual, y la evidencia de esto provoca la náusea.

Para este autor, no hay lugar posible, no hay casa, ni tierra, puesto que nada tiene sentido. A tal punto llega que, al final de la obra, no duda en expresar el deseo de “arrojar su existencia”, salirse de sí, en un estado donde parece que todo el tiempo “sobra”. Dice Roquentin en su diario: “Y yo también quise ser. Fue lo único que quise; ésta es la clave del asunto. Veo claro en el aparente desorden de mi vida; en el fondo de todas esas tentativas que parecían sin relación, encuentro el mismo deseo: arrojar fuera de mí la existencia”.

Un fenómeno relativamente reciente es el de los denominados “nómadas digitales”. Término que se origina en la década del 1990, cuando internet se popularizó y se hizo más accesible. Con la expansión de la tecnología y la creciente demanda de trabajo remoto, en los últimos años cada vez más personas adoptan este estilo de vida, realizando su trabajo mientras viajan o desde diferentes lugares.

Lejos de querer encontrar su lugar en el mundo, los nómadas digitales, se sienten libres y su deseo es conocer nuevos lugares y experiencias.

Esto trae a la memoria un comentario del poeta argentino Enrique Molina, quien afirma que las palabras «hogar» y «hotel» se contraponen, según lo manifiesta en una entrevista y que su amigo, -también poeta- Francisco Madariaga, recoge en un texto del libro «En la tierra de nadie«. Dice Molina sobre la palabra «hotel»: «Es una de mis palabras favoritas, como contrapuesta a «hogar». Es una palabra mágica, ¿no? Uno ve esos carteles en la noche reuniendo todas las promesas».

Entonces todas las preguntas hechas más arriba, quedan abiertas. ¿Es constitutivo, de la persona, la referencia a un lugar, una patria, un hogar? ¿O por el contrario, es algo sin relevancia? ¿Odiseo o los nómades digitales? Quizá algo los une, tal vez la “búsqueda”, ese “camino” hacia una respuesta. Para Sartre la respuesta es que no hay respuesta, para Odiseo y el E. T.: la casa, la tierra de uno, ese lugar existencial que da sentido a todo lo que acontece.


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