El más hermoso de los hijos de Adán

Ensayo sobre la centralidad de Jesucristo en la Divina Revelación

Si alguno guarda mi palabra, no gustará la muerte (Jn. 8, 52)

El salmo 45 (44) nos presenta a Cristo como el “el más hermoso de los hijos de Adán” (v.3); es esta la forma en que las tradiciones judías y cristianas hacen referencia a los desposorios del Rey Mesias con Israel que es, a su vez, figura de la Iglesia.

Como afirma Hugo de San Víctor, “Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo”.

Por ello, Jesucristo, es el Señor de la Historia, es el centro mismo de la revelación, el más bello de los hijos de Adán, el rey Mesías. Así el Concilio Ecuménico Vaticano II ha reconocido la centralidad de Cristo en la revelación y afirma en la Constitución Dogmática Dei Verbum que Cristo lleva a su cumbre la revelación (DV. 4).

En estas páginas, me propongo acercar al lector a gustar la centralidad de Cristo en la revelación y particularmente en las Sagradas Escrituras, a partir de tres momentos: en primer lugar, la relación de Abraham con Cristo, como punto de partida -si se permite- en el plan de salvación, luego los cantos del Siervo de Yahvé, que hace presente Isaías y finalmente el himno a la Kenosis de San Pablo. Tres momentos para ver la centralidad de Cristo en la revelación y particularmente en las Sagradas Escrituras.

Propongo recorrer estos diversos pasajes tanto del antiguo como del nuevo testamento, para observar y verificar cómo Jesucristo es el centro y eje de toda la revelación. Guardar la Palabra de Dios, la que fue dada a través de los profetas y por el mismo Cristo en su persona, es la finalidad de este texto.

Así, el objetivo de este breve trabajo, es realizar una tarea de auscultación, como método de escucha de la Palabra de Dios, fuente privilegiada de la revelación y actitud fundamental del discípulo. 

Efectivamente la escucha es lo primero que encontramos en Abraham y será el lugar preferido por Dios para el encuentro con los hombres hasta la manifestación en la persona de Cristo. 

Abraham era un hombre entre tantos, a quien Dios eligió y dirigió su palabra para formar un pueblo. Ocupa un puesto privilegiado en la historia de la salvación. Su vocación no constituye sólo la fase inicial del designio de Dios, sino que fija ya sus orientaciones fundamentales. La vida entera de Abraham se desenvuelve bajo el signo de la libre iniciativa de Dios. Dios interviene primero; escoge a Abraham, le hace salir de Ur (Gen 11,10-31) y lo conduce por sus caminos a un país desconocido (Heb 11,8). Esta iniciativa es iniciativa de amor: desde los comienzos manifiesta Dios para con Abraham una generosidad sobre toda medida. (1)

De manera inicial, tomamos de Abraham dos momentos para situar la centralidad y presencia de Cristo, ya en los inicios del antiguo testamento, desde el protoevangelio (Gn. 3, 15) se vislumbra el primer anuncio que levanta al hombre a la esperanza de la salvación. El primer pasaje es correspondiente al monte Moria. Es el momento de la prueba, Dios se dirige a Abraham pidiéndole que le sacrifique a su hijo Isaac, en el que precisamente estriba la promesa (Gen 22,1s). Abraham no rehusa su hijo, el único -es sabido que en los cultos cananeos se practicaban sacrificios de niños-; pero Dios preserva a Isaac, asumiendo él mismo el cuidado de proporcionar el cordero para el holocausto. Aquí aparece la figura de Cristo en el centro de la escritura. Ese carnero, enredado en el zarzal por los cuernos que Díos provee a Abraham como sacrificio, en vez de su hijo Isaac, es figura de Cristo, el verdadero cordero, el auténtico sacrificio para el holocausto, de ahí que se diga: en el monte Yahvé provee.

Otro momento clave en las escrituras en la relación de Abraham y Cristo, lo encontramos en el evangelio de Juan, capitulo 8, versículo 56, dice Cristo: “Abraham se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró”. ¿A qué día se refiere? Es el día del acontecimiento de la venida de Jesús, así Cristo hace referencia al día en que él ha vencido a la muerte, al día de reposo, el día en el que finalmente el hombre puede descansar, porque la muerte ha sido arrebatada del poder del mal. Abraham vio este día y en él, se alegró. Vemos la íntima unidad de las escrituras sagradas, antiguo y nuevo testamento se entrelazan, y así lo manifiesta el mismo Cristo. Así, la causa de la profunda alegría de Abraham, no era Isaac (risa) sino aquel que estaba “mirando desde lejos” (Hb. 11,13), el hijo de Dios. 

Pasemos ahora a considerar otro momento para ver la centralidad de Cristo en la revelación. Me refiero a los cuatro cantos del Siervo de Yahvé desarrollados en el libro de Isaías. El primer canto lo encontramos en Is. 42,1; el segundo en Is. 49, 1; el tercero en Is. 50, 4 y el cuarto en Is. 52,13

En estos cantos se presenta al siervo (prefigura de Cristo, el mesías), como un profeta, objeto de una misión y de una predestinación divina, animado por el espíritu para enseñar a toda la tierra con discreción y firmeza a pesar de las oposiciones. Pero su misión rebasa la de los temas profetas, puesto que él mismo es Alianza y luz, y lleva a cabo su obra de liberación y de salvación. El segundo canto muestra, en este sentido, el día de la liberación que ha llegado, mientras que el tercero el siervo se presenta como discípulo sabio en intimidad con Dios por medio del conocimiento y de la escucha; así él soportará las persecuciones hasta que Dios le haya concedido un triunfo definitivo. Finalmente, el maravilloso y cruento canto cuarto hace palpable el sacrificio, la pasión y muerte en la cruz junto al sacrificio eucarístico; las persecuciones que el siervo (Cristo) padecerá con gran paciencia, son un escándalo para los espectadores, pero en realidad son una intercesión y una expiación por los pecados.

En estos cantos vemos al Cristo sufriente, no al mesías político, sino a aquel que viene a dar cuenta de las culpas y de la caída de Adán.

Llegamos entonces al pasaje de las escrituras que podemos tomar como síntesis de los dos primeros. Es el denominado Himno a la kénosis, lo encontramos en la carta de San Pablo a los Filipenses 2. 1-11. Kénosis es una palabra del griego κένωσις, significa “vaciamiento”​, se trata en este texto, del vaciamiento de la propia voluntad para llegar realizar la voluntad de Dios. También, en el contexto de Filipenses, la podemos traducir como como “descendimiento”. Pero el texto tiene una dinámica de descenso y ascenso, veamos: 

6 El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. 7 Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; 8 y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. 9 Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. 10 Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, 11 y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre. (Biblia de Jerusalén. Bilbao. Desclee, 2009. p. 1138.)

La kénosis de Cristo fue la renuncia a su gloria divina con el fin de vivir una vida humana y asumir el sufrimiento, vemos en este pasaje la sintonía con los cantos del siervo sufriente pues su estructura se basa manifiestamente en el esquema bíblico de la humillación seguida de la exaltación, según el cual el injusto atribulado es premiado por Dios. Su venida no se agota en el vaciamiento y descendimiento, sino que tiene como meta y fin la exaltación de su gloria, porque él es el Señor.

Este himno, que se entiende procede de la tradición primitiva de las primeras comunidades cristianas, San Pablo lo ubica en el contexto de una carta dirigida a los filipenses, poniendo a Cristo en el centro de la actividad misma del cristiano a fin de llegar a ser como él, pues el cristiano está llamado a ser “otro cristo”. A este respecto la cristología ha hecho hincapié es este aspecto, particularmente se puede ver en la obra Noche oscura del alma de San Juan de la Cruz como es una explicación particularmente lúcida del proceso de transformación del creyente hacia la figura «semejanza de Cristo».  En el cristiano también se da esta dynamis descenso y ascenso. Como señala Benedicto VXI:

“sabemos que los cristianos -en posesión de la confesión justa- tienen que ser instruidos continuamente, a lo largo de los siglos, y también hoy, por el Señor, para que sean conscientes de que su camino a lo largo de todas las generaciones no es el camino de la gloria y el poder terrenales, sino el camino de la cruz”. (2)

Hemos hecho un recorrido por algunos pasajes de las escrituras para poder evidenciar lo que afirma el Concilio Vaticano II y consecuentemente el Catecismo de la Iglesia católica: la centralidad de Cristo en la revelación y particularmente en las Sagradas Escrituras. El mismo Romano Guardini, se refería en sus reflexiones indicando que “nuestro discurso espiritual debe manar de la Sagrada Escritura y conducir a los hombres a ella”. (3)

La revelación es la experiencia de un Dios que entra en la historia humana y que se manifiesta en ella por los grandes hechos que realiza. Y también hoy, por su palabra plasmada en la escritura sigue transformando la vida de los hombres. 

Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, «para comunicarles los bienes divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana» (DV. 6).

El Concilio Vaticano II también señala la unidad de la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura en tanto están ambas completamente compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación (DV. 9).

Jesucrito sentenció que es preciso que se cumpla todo lo que está escrito de mí (Lc 24,44); es preciso que se cumplan las Escrituras (Mt 26,54). Dios no habla en vano (Ez 6,10) y su Escritura no puede ser abolida (Jn 10,35). Jesús, al que sólo una vez se le ve en actitud de escribir, sobre la arena (Jn 8,6), no dejó ningún escrito, pero consagró solemnemente el valor de la Escritura hasta el más menudo signo gráfico: “una sola tilde” (Mt 5,18), y definió su significado: la escritura no puede borrarse, permanece.

Notas:

(1) DUFOUR,  Xavier Léon. Vocabulario de Lectura Bíblica. Buenos Aires, 2009

(2) BENEDICTO XVI. Jesús de Nazaret. Buenos Aires. Planeta, 2008.

(3) GUARDINI, Romano. El Señor. Buenos Aires. Lumen, 1997.


Descubre más desde Andrés Haedo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.