Una lectura de la obra de Alejandra Pizarnik
Cuando el observador se aproxima a un objeto con la intención de capturar sus formas, atributos y comportamiento, es habitual que para ello requiera la mayor cantidad de luz posible; con el fin de no desperdiciar nada de sus hallazgos o descubrirlo todo.
En la poesía de Alejandra Pizarnik, sucede todo lo contrario, su aproximación es a través de una noche profunda, su poesía es un llamativo canto nocturno.
Allá por mis quince años, Alejandra me parecía un cuchillo, un rayo que cortaba la oscuridad, el destello de un látigo luminoso que golpeaba el alma. Me costaba acercarme a ella, a sus versos, quizás sólo podía mantenerme unos pocos minutos en aquel universo de insomnio pasional, como lo definió Octavio Paz. Y la verdad es que tuve que vivir para leer sus poemas, tuve que vivir, crecer, envejecer un poco, y sobre todo tuve que fracasar. Sí, fracasar en la vida, ver morir muchos de mis proyectos y mis ambiciones, derribar sueños, esperar en la soledad, viajar en la noche -digo, en la materia de la noche-, entrar en el silencio.

Así es Alejandra. No se entra en su poesía como “de pasada, o así nomás”. No; es poco a poco como sus versos comenzaron a resonar como un canto en medio de la noche del ser, la íntima noche en la que se percibe la respiración y la propia presencia. Y ciertamente, no perdió sus atributos que de ella conocía, sino que de pronto, ese caos se comenzó a ordenar y entendí (quizás es muy pretencioso decir entender), la dimensión de su contemplación nocturna.
Lo que antes era sólo lastimadura, ahora es una forma de ser, una respiración, una presencia. ¡Y vaya qué presencia! Sus palabras se clavan en la carne como puñales veloces, o destellan como pájaros desesperados, enloquecidos en el vuelo, sin refugio alguno que los contenga. Pero, al mismo tiempo, en ese desvarío se ordena -encontrando sentido y unidad- el cosmos de una poética. Y de ese poder intrínseco, de esa fuerza natural, estalla el asombro -como un sol dorado y oscuro a la vez- asoma en el horizonte, para manifestar la presencia de un límite.
No hay lectores inocentes para esta poética, ¿cómo permanecer distante y no involucrarse en esta poética?:
Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego, de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche, déjate caer y doler, mi vida.
Ahí está el combate de la existencia misma, la lucha del espíritu que clama y que resiste a lo que, en definitiva, es pura fatalidad y que se manifiesta en el silencio como el ámbito de encuentro con lo más íntimo, el propio ser.
Verse desde un afuera, observarse, intentar conocerse, escrutarse en una dialéctica de la distancia, en un dejarse decir:
silencio yo me uno al silencio yo me he unido al silencio y me dejo hacer me dejo beber me dejo decir
El silencio hace posible decir una palabra, hace “aparecer” la existencia en la realidad misma. En este sentido el silencio desnuda lo que ya no se vé, porque lo evidente está eclipsado.
La poeta pone de manifiesto ese padecimiento moderno del ocultamiento del otro frente a la omnipotente presencia de yo. Como un “aquí estoy” a pesar de los demás y de la ceguera individualista. Y más, se manifiesta frente a sí misma como un descubrimiento.
En el poema, Sólo un nombre, aparece este desdoblamiento del espíritu, esa presencia que trasciende lo visible
alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra
La poesía de Alejandra se consume y arde en el fuego de la pregunta por el ser. Y esta ruptura existencial en un momento se quiebra, se aparta, se va:
explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome
Pizarnik es una de las poetas más conocidas en Argentina. Como pocas voces ha llegado al público no especializado de una forma privilegiada y ha trascendido las fronteras de América, siendo su obra conocida en el mundo entero.
Según una tendencia crítica y un tanto marketinera, se la ha catalogado como poeta “maldita”, queriendo encasillarla dentro de esta estructura conceptual y un tanto sensiblera. Por el contrario, veo en Alejandra una poeta de la más pura contemplación con gran eco del existencialismo.
¿A qué se debe esto? Tal vez, Alejandra expresa, de modo poético (quizá la forma más profunda de decir), el espíritu existencial de nuestro tiempo. Su poesía pone en palabra, emoción y expresión, el grito del “ser” del hombre contemporáneo; su contemplación nocturna es la expresión de una realidad que habita en muchos corazones, y es entonces cuando la poesía se hace canto, cuando llega a todos los rincones y a todas las bibliotecas.
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