En Abraham se manifiesta el camino de la fe. En este hombre, que se cree vivió unos 1800 años antes de Cristo, Dios ha mostrado a todas las generaciones el itinerario de la fe.
La fe es la respuesta del hombre al Dios que se revela. Y al mismo tiempo, la fe es una virtud teologal, es decir, que el hombre no se puede darse la fe a sí mismo, no es una elección o una adhesión voluntaria, sino que es un don de Dios.
¿Entonces qué es primero, la respuesta del hombre, o el don de Dios? Ciertamente, Dios sale al encuentro de Abraham, lo elige y lo llama, al tiempo que el hombre, desde su corazón, busca a Dios. Y este responde, pero la fe no se adquiere de una vez y para siempre, sino que estará en acto o, en su defecto, flaqueará, en cada momento de la vida.
Esta historia se cuenta en el libro del Génesis desde el capítulo 12.
Abraham, un hombre frustrado
Este hombre estaba frustrado por dos motivos que eran trascendentes en su tiempo. El primero era no tener un hijo, es decir, descendencia, puesto que su esposa -Sara- era estéril y el segundo no poseer una tierra propia.
Abraham está frustrado porque su vida se debate entre la realización y la alienación.
Así las cosas, Dios se revelará en la vida y en la historia de este hombre, saldrá a su encuentro y le hará esta doble promesa: la descendencia y una la tierra.
Y aquí, en este momento, puede entrar en escena el hombre contemporáneo, es decir, todos nosotros. Porque la vida sigue, aún hoy, en esta encrucijada: entre la realización y la alienación. Todos queremos realizarnos, buscamos “ser”, afirmarnos existencialmente en el devenir de nuestra existencia.

¿Y qué sería para nosotros ese hijo y esa tierra? ¿Qué nos enseña esta historia de Abraham? Pues ese hijo, esa “descendencia” que buscamos es el mismo Jesucristo. Es poder ser habitados por la misma naturaleza divina, dar vida al hijo, ser otro Cristo. Y, por otro lado, esa tierra que anhelamos nos es otra que el reino de Dios, el cielo abierto, la victoria sobre el pecado, la esclavitud y la muerte.
La pedagogía de Dios
Pero la fe, que es una respuesta a un llamado y es un don que se va gestando y no se adquiere en forma definitiva, se irá poco a poco, realizando en Abraham.
Por lo pronto, este hombre se pone en camino, lo cual es casi un milagro, puesto que ha oído a este Dios y le ha creído, cuando le dice: “ponte en marcha a la tierra que yo te mostraré y cuenta las estrellas del cielo, si puedes, así será tu descendencia”. Y a lo largo de todo este itinerario hacia la tierra prometida, Abraham será como un péndulo; dudará muchas veces, cometerá errores, se cansará, pero Dios vendrá una y otra vez a levantarlo para renovar esta alianza, que es como la promesa de un verdadero amigo.
En este movimiento pendular que va de Dios a la duda y de esta nuevamente a Dios, se destacan dos momentos: uno cuando Abraham parte a Egipto escapando del hambre y entrega a su mujer al Faraón, mintiendo que era su hermana, por temor a que lo mataran y el segundo momento cuando, impaciente y vacilando toma a la esclava para conseguir la descendencia que no es el fruto de la promesa sino de la carne.
Para entonces, ha pasado mucho tiempo desde el primer llamado hasta que llega el nacimiento de Isaac, el hijo de la promesa. En este ir y venir de Abraham, Dios renovará, una y otra vez renovará repetidas veces la alianza y su promesa.
Finalmente, 40 años después de aquel llamado, Abraham llegará a la fe adulta, será la gran prueba, la fe del monte Moria, donde no dudará, porque sabe que este Dios tiene el poder de resucitar a los muertos, que en el monte Dios provee.
Dios se manifiesta en la historia
En estos 40 años, Dios le ha hablado a Abraham solo unas 4 o 5 veces, no más. El resto es historia, es decir, Dios ha estado en silencio pero manifestándose en la historia. Esta es la pedagogía de Dios también hoy.
Lo va haciendo poco a poco, hasta hacerse uno con Abraham, su amigo.
De igual manera, hoy, Dios se revela y se manifiesta y en este caminar personal, nos vamos haciendo uno con él, hasta que la naturaleza divina habita plenamente en nosotros.
Y lo vamos notando y percibiendo, como cuando una mujer está embarazada, se nota. Por ejemplo siente que algo se mueve dentro suyo, etc. En esta intimidad con Cristo, se va gestando un hombre nuevo.
El hijo y la tierra se dan en la propia historia, por eso la historia personal, la de cada uno, es santa.
Así, como tendiendo un puente a lo largo de los siglos, dice la escritura que Abraham vio ese día, en que Cristo ha vencido la muerte, lo vio y nos saludó desde lejos.
Descubre más desde Andrés Haedo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.