Un diálogo abismal entre el ser y el mundo

El prólogo de Enrique Molina en su antología poética personal, Orden Terrestre (Molina, 1995), es un texto que permite un acercamiento y una reflexión sobre la problemática de la creación poética y también un adentrarse en la búsqueda de su esencia; no sólo por las referencias que explican o dan cuenta de su propia realización, sino también por los conceptos vertidos en relación a la poesía como realidad existencial.

Poco menos de dos carillas, de gran intensidad, alcanzan para exponer los argumentos que explican toda una obra poética que abarca cincuenta años de creación y, al mismo tiempo, como un legado a las nuevas generaciones, su concepción sobre la creación poética fruto del asombro, de la contemplación frente a una realidad que se impone en su presencia y esplendor.

Tres sentencias del autor en el mencionado prólogo son suficientes para dar un marco referencial (1995, pág. 7-8):

“… la poesía se ha ordenado y nació –para mí- a partir del asombro de cada instante, más que de la adhesión a una poética determinada”.

“… lo que más estimo en la poesía: su orden terrestre, su sabiduría trascendente, su rostro misterioso y translúcido”.

“… el mundo es de naturaleza tantálica y extrañamente ambiguo”.

Ahora bien ¿qué quiere decir Molina cuando habla de orden terrestre? ¿Qué características tiene este orden y cómo se vincula la poesía con él?
Un elemento adicional nos aproxima a las respuestas. Qué es la poesía y cuál su valor, es cosa bien discutida. De la poesía se esperan revelaciones extraordinarias o bien se la desprecia como una actividad sin sentido y sin objeto. Habrá quien la mire con respeto y quien la catalogue como un quehacer de soñadores.

En este contexto, una afirmación de Enrique Molina viene a dar claridad al respecto: “Antes de reflexionar sobre la poesía, sobre la razón de su incandescente existencia, el hombre efectúa un ejercicio y una práctica de ella. Así la poesía es una forma de conocimiento, pero a condición de ser simultáneamente la más desesperada tentativa de salvación de nuestras raíces esenciales” ( 1995, pág. 7).

Situar la poesía como una “forma de conocimiento” y ponerla en el plano de la sabiduría trascendente permite comenzar a esbozar las respuestas a las preguntas planteadas.

El orden terrestre y su aspecto contemplativo

La noción de Orden Terrestre, implica una concepción del mundo y del cosmos. Responde a una pregunta: ¿Vivimos y existimos en un mundo ordenado?

Frente a esta pregunta en la historia del pensamiento se han desarrollado básicamente tres posturas, una en sentido afirmativo y dos en negativo. Sin entrar en un detalle que excede esta página, y a efectos de identificarlas, se las puede nombrar de la siguiente manera: realismo a la primera, mientras que nihilismo y monismo a las dos segundas.

Todo nombre es, por cierto, arbitrario, pero digamos -en una extrema síntesis- que para el realismo hay un orden en el mundo y en el cosmos, no así para el nihilismo (del latín nihil = nada), en el fondo no hay sustrato capaz de justificar el mundo y la existencia, mientras que finalmente en una concepción monista lo que verdaderamente existe es una única sustancia que explica todo el cosmos y en definitiva toda realidad.

Antes de aplicar estas categorías en la obra de Enrique Molina, vale aclarar, que esto que parece una dialéctica ajena o distante de la obra poética, tiene por el contrario una gran influencia y gravitación, dado que siempre que se analiza un autor importante se encontrará una constante en su obra que lo ubica en alguna de estas categorías.

Volviendo a Molina, ¿dónde ubicar su Orden Terrestre? Es evidente que su concepción del mundo está enmarcada por el realismo. El poeta se muestra interpelado, conmovido, asombrado frente al mundo y la realidad que se revela ante sus ojos, por eso afirma: “La poesía no puede ser otra cosa que un diálogo abismal entablado entre el ser y el mundo, entre el interior y los datos de los sentidos volcados al espectáculo de una realidad palpable y deslumbrante” (1995, pág. 7).

Se puede afirmar entonces, que Molina es un poeta contemplativo, en el sentido más helénico del término, donde el asombro, al igual que en los primeros filósofos, tiene un rol fundamental. Tal es la evidencia, que el mismo autor utiliza esta palabra y no otra para significar el diálogo entre el mundo y el hombre. Este dialogar con el mundo lleva a un conocimiento, a un estado superior de la conciencia: “He esperado de ella (la poesía) que hiciera posible esa difícil conjunción del paisaje interior con el afuera, del verbo con el acaecer; una instancia de encuentro, en fin, entre la palabra y los días, entre la realidad de la conciencia y la tierra” (1995, pág. 7)

En todo diálogo hay un “decir”, algo que “dice” el mundo y una respuesta que brota desde la interioridad en forma de verso, esto es, en una expresión que se eleva por encima del hablar cotidiano, dando un salto cualitativo y trascendente; así “el poema es un signo de ese diálogo y sólo puede comprendérselo como una experiencia vital irrenunciable”.

Entonces, en el poema, aparecen las estrellas, los pájaros y batracios, las hormigas y palmeras. Asimismo son también los objetos cotidianos los que deslumbran y hablan; una silla, una lámpara, el café. Lo cotidiano se fusiona con lo sobrenatural; los ángeles. En esta dinámica contemplativa, los ojos nos hacen partícipes del gran espectáculo del mundo y, como señala Jasper, “el admirarse nos impele a conocer” (Cfr. 1949, pág. 15).

Entre dos reinos

Un instante, en la noche,
brilló en el fondo de la barca el pescado,
más ansioso y brillante que las aguas
llenas de reverberos, más inmenso
que el mar, y tan tierno,
tan lejos de las mieses y los zorros,
redondos ojos chatos que no vieron
más que la noche de la hondura
ven ahora la luna, la costa, una botella,
rostros sombríos entre lonas
en donde la crueldad enciende fuego,
                            cosas surgidas de improviso
de la desgarradura de las aguas.

Él era el solitario, el sin plumas
ni verano,
                           sosteniendo a solas
el peso del océano,
                           Él, el plateado 

(Molina, 1995, pág. 209).

Lo tantálico o el horizonte del deseo

Pero frente a este Orden Terrestre, aparece un elemento que, a primera instancia, se presenta al menos contradictorio. Este es el principio que Molina presenta como lo tantálico: “Como en el mito de Tántalo, todos los dones están a nuestro alcance, pero se fugan y retroceden a medida que estamos por aprehenderlos; su realidad es siempre el hambre, la carencia, pero paradójicamente presente en la maravillosa plenitud del mundo. Pues el mundo es de naturaleza tantálica y extrañamente ambiguo” (1995, pág. 8).

Si bien es lícito pensar que en el orden del mundo subsiste un principio ordenador, el poeta no hace referencia a este, sino que por el contrario pone de manifiesto un factor disolvente, y para ello recurre al mito de Tántalo.

Tántalo, es hijo de Zeus y de la ociánide Pluto, es decir que su naturaleza está por debajo de los dioses; reinaba en Sípilo, Lidia, y era extraordinariamente rico y famoso. Los dioses depositaron en él su confianza, pero este los defraudó en virtud de su vanidad porque no acepta su condición inferior. Por su maldad los dioses le quitaron la confianza y lo expulsaron al Hades, donde fue sometido al tormento. El Hades es el mismo infierno, allí su existencia se debatía en un estanque con el agua que le llegaba hasta la barbilla y al mismo tiempo padecía una sed devoradora, sin llegar a alcanzar el agua fresca que a pocos centímetros de su boca vibraba. A su vez padecía hambre y a sus espaldas, se encontraban magníficos frutales, que volcaban sus ramas sobre su cabeza, siendo al igual que el agua, inalcanzables.

Enrique Molina se basa en este mito, para expresar dos aspectos fundamentales de su concepción del mundo y la actividad del poeta. En primer lugar lo inalcanzable de un conocimiento cierto y definitivo, abriendo las posibilidades al “misterio”, a aquellos fenómenos de la realidad que permanecen sin esclarecer y sobre los cuales sólo se nos permite una aproximación, un conocimiento inicial sin poder abordarlo en plenitud.

El segundo aspecto, no menos importante, es que el mito de Tántalo sitúa al poeta, al hombre y al mundo, inmerso en un pulso de muerte. Efectivamente, Tántalo puesto en su situación de castigo tiene su existencia impregnada en un constante terror de angustia y muerte. Esta es la esencia del mito, el hombre debate su existencia al filo de la muerte, siempre amenazado.

Llegado este punto, cabe la pregunta: ¿Hay una contradicción entre el Orden Terrestre y la naturaleza tantálica del mundo?

No es posible conciliar estas dos visiones del mundo, puesto que si hay orden y conocimiento, resulta ilógico afirmar que al mismo tiempo ese orden y ese conocimiento se escapan hacia adelante, como un deseo inalcanzable y torturante en virtud de su imposibilidad  de aprehensión.

Lo que manifiesta Molina, debe ser comprendido como una instancia de búsqueda, de camino, se puede decir, de duda metafísica, sabiendo que no todo está dicho pero sí que, lo que se puede decir es verdadero. Aquí efectivamente podemos conciliar el Orden Terrestre con lo Tantálico. Es el misterio aquello que ningún conocimiento puede alcanzar en plenitud, pero sobre el que efectivamente algo se conoce. No todo, sino una parte que permite entrever la totalidad. 

Una poética en la frontera de los opuestos

Sobre este dilema (orden terrestre – universo tantálico), se apoya la poesía de Enrique Molina. Es notable observar cómo el poeta se sitúa con frecuencia entre dos variables siempre contrapuestas. Si se revisan los títulos de sus obras esto aparece ya con claridad: Las cosas y el delirio (1941), Pasiones terrestres (1946), Costumbres errantes o la redondez de la tierra (1951), Amantes antípodas (1961), Las bellasfurias (1966), Una sombra donde sueña Camila O’ Gorman (1973), Los últimos soles (1980).

Se observa como en todos estos títulos –los que corresponden a gran parte de su obra-, se  incluye un binomio contradictorio; Cosas – Delirio, Costumbres – Errantes, Bellas  – Furias, es una sombra donde sueña Camila, etc.

También recorriendo sus poemas, se verifica esta visión entre el orden terrestre y lo tantálico:

Tanto furor tantálico, tanta sed convertida
en el latido solitario de un hombre.
Por eso ruego al fuego y al viento
que desde un cuerpo al otro la poesía
nunca desaparezca: el delirante vínculo
del cielo y el infierno entre dos corazones

(Molina, 1995, pág. 320).

La poesía entonces viene a posicionarse como mediadora entre el cielo y el infierno, entre lo posible y lo imposible. Es una puerta de acceso al misterio, que despeja pero que no esclarece en plenitud. Es el acceso a la parte que deja entrever la totalidad, la verdad del mundo y su esencia. Así la poesía es una forma de conocimiento, el medio propicio para lanzarse hacia la verdad y también una desesperada búsqueda de salvación. Es a la vez, un camino que se construye en un hacer poesía. Dice Molina: “Como resumen de mi labor poética, de mi incierto camino hacia ese faro central que estará siempre más allá de todo horizonte, en el lugar mismo donde la tierra termina, siento la poesía como un insaciable llamado de atención hacia el mundo, y sobre todo, como una despedida. Y luego, a líneas seguidas concluye: Como en los amantes antípodas, también en la despedida hay una especie de pacto, que pone de relieve la intensidad del vínculo de nuestro ser con este planeta adorable y terrible llamado Tierra” (1995, pág. 8).

Póstumamente se publican sus poemas inéditos en un libro, aunque algunos de ellos ya habían aparecido en la antología Orden Terrestre. En esta última colección hay un poema que da título al libro, “El Adios” (Molina, 1997, pág. 137); este poema, es casi una oración, una súplica, una última despedida. Aparece Dios como moderador de lo creado y terrestre.

¿Es posible afirmar un vuelco final? ¿Es Dios el principio ordenador del mundo, finalmente, que subyace en la obra de Molina? No, los elementos no permiten llegar a tal punto; si bien en la víspera de la partida, lo imposible parece acercarse y las contradicciones se diluyen. ¿Cuál es ese delirio misterioso de las cosas? ¿Cuáles sus raíces secretas? Las preguntas quedan abiertas, y aunque comienza a vislumbrarse otra realidad, lo tantálico sigue presente. Dejemos, entonces, la última palabra a la poesía y a su saber que nos aproxima a la verdad:

El Adiós

Un día más, sólo un minuto más, para estar vivo
           y despedirme de cuanto amé.
Para decir adiós a las cosas que vi y toqué mientras moría
           desde el instante mismo en que nací.
Y vino el niño con el premio que sacó en el colegio por su
         sabiduría,
y el ala de la gaviota golpeando en lo infinito con su vuelo,
vino la cabellera derramada y el rostro de la misteriosa
mujer que estuvo a mi lado, en el lecho, sin que yo lo supiera,
y el río con su lenta corriente musculosa
a través de cada mueble, de cada objeto y cada gesto
de quien me ve partir, ¡oh Dios mío!

Un instante más aún en el suelo que pisé,
en el aire de mi respiración
sofocada por el amor, en los vestigios de la pasión
con cuanto –mosca o sol- me deslumbró en este extraño
planeta, donde perduré año tras año, presintiendo
este límite de espumas, este revuelto torbellino
de la despedida, yo, que tanto fui deslumbrado
por la centellante atracción de la tierra,
por cuanto fue caricia o solamente un espejismo del mundo
          mi destino.

Así, pues, despídome de los caballos, de la canoa,
los pájaros, el gato y sus costumbres. Déjame
una vez más mirar las flores y la lluvia. Es este
el trágico instante en que uno descubre
el delirio misterioso de las cosas, sus raíces secretas,
el instante supremo de decir adiós
a cuanto se adoró en esta vida.

Referencias

JASPER, Karl (1949). La Filosofía desde el punto de vista de la existencia. México. Fondo de Cultura Económica.

MOLINA, Enrique (1995). Orden Terrestre, Obra poética (1941-1995). Buenos Aires. Seix Barral.

MOLINA, Enrique (1997). El Adiós. Buenos Aires. Emecé.


Descubre más desde Andrés Haedo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.