Acerca de la aceleración del tiempo en el que vivimos
Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío.
J.L. Borges
Antes, el tiempo, no era una amenaza. Hoy, por el contrario, estamos configurados para silenciarlo con activismo. Lanzados hacia adelante, llenos de hambre y sed de realización personal, buscamos un tesoro escondido que nunca encontraremos por la sencilla razón de que no existe.
Hoy el tiempo es una amenaza porque denuncia nuestra finitud. Es una palabra sin sonido que lo dice todo. Por ello buscamos silenciarlo aún más, justamente porque no dice nada y lo hace todo. Basta levantar la cabeza de nuestros dispositivos digitales, por un instante, para advertir lo rápido que han pasado los días y los años.
¿Por qué el tiempo pasa tan rápido? Dar una respuesta formal, analizar las distintas concepciones del tiempo, hacer un planteo metodológico, puede ser lo más preciso y correcto. Pero dejar atrás el sentido y la pregunta por el ser nos condena a un mero formalismo que no sacia lo que profundamente nos cuestiona. Porque lo que, en el fondo, nos cuestiona, no es el tiempo en sí mismo, sino que la propia existencia tiene un límite, y el minuto que pasó –lo sabemos muy bien-, no volverá jamás.
El tiempo quizá sea como una hoja en blanco, en la que cada día podemos escribir nuestra existencia. Pero también es posible saltar un día, y dos y tres y toda una vida, abstraernos del mundo y sus determinaciones (entre ellas el mismo tiempo), caminar por el aire o el vacío, estar y hacer, pero no ser.
Fuimos educados para la “acción” espontanea, sin consideración de la “contemplación”, estamos configurado para producir y consumir. La ocupación alienante produce una aceleración del devenir. Así la rueda en la que corre la rata es cada vez más veloz, mientras tiene la mirada puesta en un alimento inalcanzable.
- Percepción y medición del tiempo
La concepción hebrea del tiempo, está determinada por el futuro. Desde esta perspectiva, Dios creo el mundo y también el tiempo, pero dado que el mal ha entrado en esta creación, irrumpiendo como un hecho histórico, la reparación se resuelve en vistas de un plan de salvación que tiene su resolución en el devenir como promesa y esperanza. Los hebreos concibieron el tiempo en base a latidos o momentos, determinaron las estaciones, los ciclos, midiendo las grandes unidades de tiempo en términos de duración y temporalidad.
Por su parte, los griegos, concibieron el tiempo desde el presente, en base a los movimientos de los cuerpos celestes y se inclinaron a considerar el carácter cíclico del mismo, destacando las repeticiones. Así, mientras que el hebreo se concibe en un tiempo “histórico”, el griego se inserta en un tiempo de tipo “cósmico”.
En Platón se confirma la idea del tiempo que pasa como manifestación o imagen móvil de una Presencia que no pasa.[1]
En Aristóteles el tiempo está relacionado con el movimiento, puesto que ambos se perciben juntos. Bajo esta concepción del tiempo o sucesión temporal, aparecen los conceptos de “ahora”, “antes” y “después”. Así para que haya tiempo tiene que haber un “antes” y un “después”. De esta forma para Aristóteles, el tiempo es definido como: “el número o la medida del movimiento según el antes y el después, lo anterior y lo posterior”.[2]
Si bien el tiempo no es un número, en sentido estricto, se comporta como una especie de número, ya que se mide, y sólo puede medirse numéricamente.
Esta afirmación aristotélica nos conduce a una primera conclusión; la cual es que únicamente el ser humano puede medir el tiempo; es decir que el tiempo puede ser aprehendido en la medida del alma humana. Para que haya un “antes” y un “después” tiene que haber una actividad “numerante”. Esta actividad la desarrolla el “alma” o si se prefiere la “conciencia”. Se trata pues, de la conciencia interna del tiempo.
En este último aspecto, que atribuimos a Aristóteles, también converge el mundo hebreo, según hemos referido. Así, el alma es el principio de continuidad y unidad real del tiempo y no una serie aislada de incomprensibles instantes.
Uno de los momentos más altos en la reflexión sobre el tiempo, es San Agustín. Dice en su libro Confesiones, que un movimiento que ya ha tenido lugar ha dejado de existir, y un movimiento que ha de venir no ha comenzado a existir. Sólo resta el presente del momento que pasa, un punto móvil en la nada.[3] Por lo tanto, concluye, la medida del tiempo no la encontramos en las cosas, sino en el alma -el tiempo es la distensión espiritual-, distentio animae.[4] De este modo, el pasado es el recuerdo del alma, el futuro su esperanza y el presente su atención.[5]
Entonces, ¿por qué nos parece que el tiempo corre velozmente, en grado sumo? La respuesta la podemos encontrar en esta distentio animae, es decir, en esta distención espiritual desde la cual se mide el tiempo. Es el alma o podemos también decir la conciencia, quien arroja estos resultados de una finitud cada vez más veloz, de un presente –“ahora”- que se consume casi sin dejar huella alguna.[6]
Como correlato de esto, cabe preguntarse, ¿en nuestros días, hay una alteración de la conciencia interna del tiempo, o por el contrario siempre fue así como los mortales percibieron su paso?
Ya en los textos sagrados encontramos esta afirmación: “Mis días declinan como sombra, me voy secando como el heno” (Salmo 102, 12). No parece percibirse un desenfreno desesperado, sino una suerte de contemplación de la realidad que acontece como fenómeno, una dilación inexorable y cierta, pero no arrojada estrepitosamente sobre la existencia.
Carlos Mastronardi, en su poema Posesión de un minuto, nos habla de esta quietud del espíritu:
“Calma de oro me ablanda los sentidos.
El gramillal mojado, el aire nuevo.
La quietud es más honda que una dicha,
y rema en agua de horas mi silencio”.[7]
Lo que el poeta recoge en estas líneas, no es un material de ficción, una mera metáfora o narración literaria, sino que está dando cuenta de una experiencia concreta que se realiza en su persona.
Se destacan en estos versos, algunos elementos significativos que favorecen y hacen posible la presencia de un manantial de horas, es decir una abundancia del tiempo, una dilación, una demora en el instante, podemos concluir que se trata de una riqueza de tiempo; estos elementos son: la calma, los sentidos ablandados, el contacto con la naturaleza, y la quietud.
Como contrapartida podemos inferir los factores, de la vida contemporánea, que afectan o perturban esta dilación del tiempo y que, por el contrario, lo aceleran a un ritmo vertiginoso y alienante. Seguidamente enunciaremos algunos de estos. Son aspectos que impactan en esta distentio animae, afectando en forma directa sobre la conciencia interna del tiempo.
El tiempo no encadena los acontecimientos, sino que es el alma humana la que les otorga plena unidad y sentido.
2. Origen y fundamento de la aceleración del tiempo
El sentimiento de la aceleración del tiempo como fenómeno tiene su origen en la Ilustración. Si consideramos la división tripartita del tiempo en cósmico, histórico y escatológico, el Iluminismo racionalista vino a anular los extremos haciendo énfasis en un tiempo histórico que está signado por la idea de ‘progreso’.
El futuro es entonces un futuro abierto, no escatológico, por tanto, no predeterminado, es decir sin el componente teleológico. Las aspiraciones del hombre están abiertas a todas la posibilidad y la carrera está lanzada hacia adelante a una meta sin fin. En esta concepción, no hay final de los tiempos, ni orden cósmico, de esta manera, no hay factibilidad. Dios ha desaparecido, y la subjetividad es la que está al centro como fundamento del impulso para alcanzar el progreso anhelado.
Así, las personas tienen que buscar y alcanzar el ‘progreso’, entonces la aceleración del tiempo cobra pleno sentido. Pero esa búsqueda hacia adelante, hacia un progreso indefinido, que siempre está más allá, y de la cual vendrá la salvación, contrasta con la fáctica y emergente ansiedad que pronto decanta en definitiva desesperación.
Hoy, en un mundo predominantemente pragmático y activo, asistimos a un nuevo Iluminismo, caracterizado por el mesianismo tecnológico, puesto en clave de progreso indefinido.
3. La vida ocupada y la sociedad del insomnio.
Vivimos ocupados, la agenda siempre completa, programamos los días y los meses con actividades, siempre debemos estar preparados para el futuro y pensar en el largo plazo para estar mejor preparados; el día de hoy nunca alcanza, parece que necesitamos del futuro. Por eso es importante ‘hacer´ cosas, a cada momento. Pero, en esta realidad, estamos atravesados por una profunda crisis o ruptura del ‘ser’.
Actualmente la vida transcurre encapsulada en un tiempo sin duración. La vida activa es el actual paradigma de salvación. El tiempo laboral totaliza la vida, el homo laborans integra el descanso al tiempo laboral. El descanso no es más que un breve receso del tiempo laboral para ponerse nuevamente de cara a la labor. Así el descanso no es distinto del tiempo laboral, queda borrado por completo. Por eso no mejora la calidad del tiempo. Afirma Byung-Chul Han: “Hoy el valor especulativo resulta ser el valor supremo. La bolsa es el sito de culto actual. El lugar de la redención lo ocupa la ganancia absoluta”.[8]
En esta dinámica el tiempo mismo se vacía por lo que en los espacios libres aparece el profundo aburrimiento. El tiempo libre ya no es tampoco tiempo; es un vacío, un agujero, es la nada sobre la cual resulta urgente agregar acción. La palabra ‘aburrimiento’, etimológicamente, proviene de abhorrere, de quien también deriva la palabra ‘aborrecer’; por eso quien se aburre está también en una cierta nausea, en un aborrecimiento de la realidad presente.
En esta dynamis alienante, el vacío parece solo llenarse con excitantes informaciones e imágenes, provistas por las redes sociales, que ocupan ese lapso de tiempo y así pretenden anular el aburrimiento. Hoy nunca dejamos de trabajar, cuando estamos libres, lo hacemos gratuitamente para las redes sociales o el streaming.
El negocio es la negación del ocio (lat. neg-otium). En el mundo actual, el ocio se asocia a la vagancia, a la pereza, pero esto es producto de la influencia positivista — iluminista, ya que la concepción antigua del ocio se basa en una concepción del ser. Como señala Pieper: “Solo puede haber ocio cuando el hombre se encuentra consigo mismo, cuando asiente a su auténtico ser”.[9]
El espíritu emprendedor, es la nueva forma de autosometimiento permanente al trabajo, borrando de esta forma su carácter coactivo.
La sociedad del insomnio, nunca cierra los ojos.
4. El desvanecimiento del mundo
La contraposición de contemplación y acción es falsa. Antes bien, es preciso determinar que la acción siempre se entendió como fruto de la contemplación.
Como señala Steindl-Ras: “Vivir contemplativamente es unir visión y acción. Por sí solas, la visión, la meditación, no son verdadera contemplación. Debemos poner la visión en acción… todos los seres humanos estamos llamados a la contemplación en sentido pleno”.[10]
Esta relación entre contemplación y acción está rota en el hombre contemporáneo. Por ello, habita sin rumbo, es impotente para discernir, sólo potencialmente puede consumir las veinticuatro horas lo que ingresa en su zona de exclusividad, o bien de soledad.
Uno de los objetivos fundamentales de todos los autoritarismos es eliminar la contemplación; dado que así también se diluye la acción. Dice Karl Marx en su famosa tesis XI sobre Feuerbach, que el mundo no hay que contemplarlo, sino transformarlo. Por tanto, para el marxismo, ya no queda nada por descubrir, todo lo contrario, hay que imponer una visión, con pretensión de verdad, sobre el conjunto de la realidad.
También la sociedad moderna de consumo elimina la contemplación. Las antiguas vidrieras de ventas hoy tienen formato digital, entran en nuestra intimidad a cada minuto y ya no es posible cerrar los ojos, ya no hay descanso. Los desarrollados mecanismos de consumo anulan la libertad. Lo externo, la publicidad, se apodera de nuestro tiempo y nos seduce sin pausa en forma obsesiva. La imagen digital lanzada hacia el espectador, corroe, hiere e hipnotiza. Parece no dejar huella, ni daño alguno, pero rompe el cuadro de observación, opera rápida y activa como una flecha lanzada a quien no la esperaba, ni la deseaba. La imagen en primer plano, desdibuja el contexto, borra lo que está alrededor, prevaleciendo la singularidad, el ‘yo’ abstraído del mundo circundante.
Contemplación y acción quedan ambas anuladas en una parálisis receptiva de imágenes que fluyen hacia las atentas miradas que nunca descansan. En este contexto, el presente se borra como posibilidad y quedamos lanzados hacia adelante:
El presente no tiene ninguna sustancia en sí. Solo es un punto de transición. Nada es. Todo será. Todo se transforma. La repetición de lo mismo deja lugar al acontecimiento. El movimiento y el cambio no generan desorden, sino un orden nuevo. La significación temporal proviene del futuro. Esta orientación hacia el futuro genera una aspiración hacia adelante, que también puede devenir en aceleración.[11]
La respuesta se transforma en un activismo desenfrenado, manotazos por doquier, incapaces de entrar en el silencio y en la quietud. Con la visión sesgada, quien mira -el ‘contemplante’-, no encuentra destino, naufraga, es empujado, arrastrado hacia adelante.
Se produce entonces un activismo sin orden, sin marcos referenciales, sin principios de origen o destino, la acción queda descontrolada en intermitencias sin unidad, ni sentido. La caracterización de este activismo es el zapping.
Inmersos en un mundo tecnológico y pragmático, cada vez más nos aferramos a cosas más efímeras, superficiales y virtuales, no tangibles. Es una realidad no palpable, transparente. En este marco, algo parece seguro, vamos perdiendo el contacto con la realidad.
Así el tiempo, ya ni siquiera se acelera, se desvanece, desaparece por completo. En la fotografía en primer plano, desaparece también el mundo, solo subsiste la autorreferencialidad, sin soporte alguno. También desaparecen los cuerpos, puesto que la fugacidad de los cuerpos fotografiados, los rostros, las sonrisas, se transforman en datos, en un producto de consumo, puesto a la venta por quien nunca lo pagó, disponibilizado en la red y vendido a los servicios de inteligencia. El dataísmo elimina el tiempo y las formas.
5. La transparencia de la negatividad
La eliminación de todo elemento negativo de la vida es otro factor característico de nuestra época y que influye en la percepción interna del tiempo. Donde no hay barreras, donde no hay conflicto, ni dolor, ni herida, tampoco hay tiempo.
La autorreferencialidad y la necesaria separación del otro como amenaza, lleva a extirpar todo indicio de negatividad. El ‘pare de sufrir’ ocupa el lugar de un imperativo insoslayable. La centralidad del cuerpo y su cuidado exclusivo como lo último real, palpable y concreto, impulsa la eliminación de la herida y del otro al cual se lo llega a clasificar de ‘tóxico’.
Como en el caso de Filoctetes abandonado en la isla de Lemnos, se produce el fenómeno de la exclusión de aquel que es portador de una herida, porque resulta insoportable para el resto.[12]
La pretensión de eliminación de toda negatividad de la vida, tiene consecuencias profundas, puesto que la negatividad es constitutiva de la existencia. Así, por ejemplo, en el plano estético, podemos decir que “inherente a lo bello es una debilidad, una fragilidad, un quebrantamiento. Es a esta negatividad a lo que lo bello tiene que agradecerle su fuerza de seducción”[13].
El tiempo se fragmenta en una praxis de instantes despojados de la mínima negatividad, se consagra a lo efímero, a lo vacío, lo que no perturba. El año de la pandemia, 2020, es un período que ha tenido mayor duración, implicó una desaceleración del tiempo, justamente por su negatividad. Inmediatamente, junto con las medidas de aislamiento, se verificó en la experiencia, la consecución de un tiempo distinto, más lento, una desaceleración de diversos aspectos de la vida cotidiana. De improviso se hizo presente el tiempo de la naturaleza o cósmico, irrumpiendo violentamente sobre el tiempo histórico.
6. La disincronía
Para Byung-Chul Han, la aceleración está enmarcada en un fenómeno mayor, es decir, es parte de otra problemática, que denomina ‘disincronía’.
Partiendo de la clásica distinción que hemos expresado donde el tiempo se define en su variante cósmica (mítico), histórica y escatológica, este autor revela con agudeza, que el tiempo histórico el cual es concebido como lineal (es decir como una sucesión de eventos entrelazados), se verifica hoy como una disposición de puntos aislados, es un tiempo de fragmentos, de episodios no vinculados entre sí:
El tiempo mítico funciona como una imagen. El tiempo histórico, en cambio, tiene la forma de una línea que se dirige, o se precipita, a un objetivo. Cuando la línea pierde la tensión narrativa o teleológica, se descompone en puntos que dan tumbos sin dirección alguna. El final de la historia genera una atomización del tiempo, convirtiéndolo en un tiempo de puntos. El mito desaparece para siempre de la historia. La imagen estática se transforma en una línea sucesiva. La historia deja lugar a las informaciones. Estas no tienen ninguna amplitud ni duración narrativa. No están centradas ni siguen una dirección. En cierto modo, se apoyan en nosotros. La historia ilumina, selecciona y canaliza el enredo de acontecimientos, le impone una trayectoria narrativa lineal. Si esta desaparece, se arma un embrollo de informaciones y acontecimientos que da tumbos sin dirección.[14]
El tiempo atomizado no apunta a ninguna meta, carece de sentido, es arrastrado hacia un futuro vació de significado. En un tiempo de puntos, no lineal, resulta imperativo poblar los intervalos, los tiempos muertos del aburrimiento. Entre cada punto no hay nada, es la muerte. Estos intervalos de ausencia o vacío en el tiempo hacen presente la muerte, por ello deben ser completados forzosamente. El miedo a la ausencia es escandaloso.
Se desmorona el anclaje de la trascendencia, que posibilita la duración, dejando lugar a lo puntual de hechos aislados, carentes precisamente de esa duración, descontrolados y violentos:
La atomización, el aislamiento y la experiencia de discontinuidades también son responsables de diversas formas de violencia. En la actualidad, cada vez se desmoronan más estructuras sociales que antes proporcionaban continuidad y duración. La atomización y el aislamiento se extienden a toda la sociedad. Las prácticas sociales tales como la promesa, la fidelidad o el compromiso, todas ellas prácticas temporales que crean un lazo con el futuro y limitan un horizonte, que crean una duración, pierden importancia.[15]
En este contexto, Han destaca que la aceleración que hoy se percibe, no es un fenómeno en sí mismo, sino un síntoma, una consecuencia de un tiempo que se está quedando sin sostén, atomizado sin ningún tipo de gravitación que lo rija:
El tiempo se precipita, se agolpa para equilibrar una falta de Ser esencial, aunque no lo consigue, porque la aceleración por sí misma no proporciona ningún sostén. Solo hace que la falta de Ser resulte incluso más penetrante.[16]
La falta de sostén, la pérdida de un orden implica un ‘yo’ que se fundamenta sobre sí mismo exclusivamente, dándole la espalda a todo principio ordenador y haciendo incluso violencia de su propia estructura óntica.
En esta matriz del tiempo, los acontecimientos fragmentados excluyen posibilidad de una experiencia, desaparece toda narración. Nada se comporta como decisivo.
7. Demorarse, el rol de la voluntad
Podemos esbozar algunas conclusiones, y disponernos a fundamentar una recuperación de la duración.
Retomando a San Agustín, concluimos que la medida del tiempo está ligada a una distensión del alma, es desde allí de donde podemos medir el tiempo.
Hoy la percepción del tiempo se acelera, contextualizada en un plano virtual, técnico y pragmático. En plena vigencia de un renovado Iluminismo donde la idea de progreso indefinido lanza hacia el futuro toda expectativa de salvación, la que, a su vez por definición, resulta inalcanzable.
Despojado de todo lo externo, el hombre se encuentra con su propio cuerpo, como última realidad que debe cuidar a todo precio. El predominio de la imagen lo es todo, aunque el dataísmo destruye finamente también esta realidad sensible.
La ausencia de todo criterio de referencia o principio ordenador, atomiza el tiempo en unidades aisladas entre sí, generando ausencia de sentido. El alma, el ser humano, pierde toda posibilidad de construir la experiencia, puesto que ya no logra enlazar los instantes efímeros y separados. La acción es entonces descontrolada, puesto que la acción si no es fecundada por la contemplación es espasmódica.
La línea del tiempo, es hoy una línea de puntos separados. Entre cada uno hay vacío, ausencia, nada. Estos intervalos vacíos hacer presente la muerte. De ahí la necesaria aceleración y ocupación inmediata de todo silencio en nuestros días.
Byung-Chul Han recurre a Nietzsche para dejar expuesta la falta de sosiego y la necesidad del elemento contemplativo como medio para retornar:
Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntase por tanto entre las correcciones necesarias que deben hacerle al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo.[17]
Así las cosas, para una recuperación de la duración, volver a la contemplación y reconstruir la acción resulta imperativo. Ir hacia este resguardo implica un acto deliberado de la voluntad; al decir de Tomas de Aquino:
Se llama contemplativa a la vida de aquellos que se dedican principalmente a la contemplación de la verdad. Por otra parte, la intención es un acto de la voluntad, como quedó dicho, porque dice relación con el fin, que es el objeto de la voluntad. Por eso la vida contemplativa, en cuanto a la esencia de la acción, pertenece al entendimiento; pero, en cuanto al impulso para ejercer tal operación, pertenece a la voluntad, la cual mueve a todas las demás potencias, y al mismo entendimiento, hacia su acto.[18]
La voluntad, en tanto potencia natural capaz de operar según la naturaleza racional y libre, juega un rol fundamental:
Lo que hace que transcurra el tiempo es la voluntad, el interés; es más el conato (el impulso). Sumirse contemplativamente en lo bello, cuando el querer se retira y el mismo sí se retrae, engendra un estado en el que, por así decirlo, el tiempo se queda quieto. La ausencia de querer y de interés detiene el tiempo, incluso lo aplaca. Esta quietud es lo que distingue a la visión estética de la percepción meramente sensible.[19]
Esta afirmación es un reflejo claro de lo que menciona San Agustín. Cuando la voluntad se aquieta, cuando las apetencias se serenan, el tiempo se detiene. Por el contrario, cuando voluntad, el interés está atado al futuro, al progreso, a la realización de algo que vendrá, a la llegada de la una salvación (al mismo tiempo inminente y siempre lejana), entonces el tiempo se acelera.
Recuperar, entonces la acción desde su raíz que es la contemplación resulta hoy coherente con un plan de recuperación de la duración del tiempo.
Apunta Steindl-Ras: “No podemos ser en el futuro y no podemos ser en el pasado; solo podemos ser en el presente. Solo somos reales en tanto vivamos en el presente aquí y ahora”.[20]
La inquietud en la que se vive en nuestros días, la carrera frenética y la aceleración del tiempo tiene entonces su explicación en este distorsionado sentido tiempo, o más aun, en una pérdida o ausencia de sentido. Recuperar el tiempo es también recobrar el ser propio y reconstruir el ahora.
Solamente adentrándose en ese ahora, el ser humano puede transcender y pasar al instante de lo eterno. La eternidad, no es el vacío del tiempo como lo hemos caracterizado antes, por el contrario, es la plenitud del tiempo, es la profundidad del ahora:
Conociendo el significado del ahora, experimentaremos algo que trasciende el tiempo: la eternidad.
La eternidad no es un tiempo largo, muy largo. La eternidad es lo opuesto al tiempo: es el no tiempo. Como dice San Agustín, es “el ahora que no pasa jamás”. No podemos alcanzar ese ahora avanzando en una secuencia meramente cronológica; sin embargo, está siempre a nuestro alcance en la misteriosa plenitud del tiempo.[21]
Notas:
[1] PLATON. Timeo, 37d.
[2] ARISTÓTELES. Física. 220a.
[3] SAN AGUSTÍN, Confesiones. Buenos Aires. San Pablo, 1990, p. 512.
[4] SAN AGUSTÍN. Ibid., p.536.
[5] DAWSON, Christopher. Dinámica de la historia. Buenos Aires. Emecé, 1962, p. 284.
[6] En particular, antes de avanzar, es preciso destacar que esta concepción de San Agustín, respecto a la medida del tiempo, no ha sido en modo alguno desbaratada por los estudios posteriores. Por citar algunos casos, como la física moderna newtoniana, o los postulados de la relatividad general de Einstein, de 1915; o bien el principio de incertidumbre desarrollado por Heisenberg en 1927. Si bien estos han tenido un impacto notable en la concepción del tiempo, no han alterado la validez de la distentio animae, por el contrario, la psicología moderna la confirma.
[7] MASTRONARDI, Carlos. Poesías completas. Buenos Aires. Academia Argentina de Letras, 1982, p.12.
[8] HAN, Byung-Chul. La salvación de lo bello. Buenos Aires. Herder, 2020, p.98.
[9] PIEPER, Josef. El ocio y la vida intelectual. Madrid. Ediciones Rialp, 2017, p.21.
[10] STEINDL-RAS, David. La música del silencio. Buenos Aires. El Hilo de Ariadna, 2014, p.36.
[11] HAN, Byung-Chul. El aroma del tiempo. Buenos Aires. Herder, 2020, p.30.
[12] Filoctetes, es un personaje de la Ilíada y de una tragedia de Sófocles, a quien la mordedura de una serpiente le ha ocasionado una herida en la pierna la cual produce un olor intolerable y un padecimiento atroz. Por este motivo, sus compañeros, con Ulises a la cabeza, no soportando el hedor que despedía, deciden abandonarlo en la isla de Lemnos, librado a su propia suerte.
[13] HAN, Byung-Chul. La salvación de lo bello. Op. cit., p.67.
[14] HAN, Byung-Chul. El aroma del tiempo. Op. cit., p.35.
[15] Ibid, p.37.
[16] Ibid, p.38.
[17] NIETZSCHE, Friedrich. Humano, demasiado humando. Madrid. Akal, 1996, p.180.
[18] TOMAS DE AQUINO. Summa Theologica. II, 180.
[19] HAN, Byung-Chul. La salvación de lo bello. Op. cit., p.93.
[20] STEINDL-RAS, David. La música del silencio. Op.cit., p.32.
[21] Ibid, p. 32.
Bibliografía
– ARISTOTELES, Física. Madrid. Gredos, 2014.
– DAWSON, Christopher. Dinámica de la historia. Buenos Aires. Emecé, 1962.
– HAN, Byung-Chul. El aroma del tiempo. Buenos Aires. Herder, 2020.
– HAN, Byung-Chul. La salvación de lo bello. Buenos Aires. Herder, 2020.
– MASTRONARDI, Carlos. Poesías completas. Buenos Aires. Academia Argentina de Letras, 1982.
– NIETZSCHE, Friedrich. Humano, demasiado humando. Madrid. Akal, 1996.
– PIEPER, Josef. El ocio y la vida intelectual. Madrid. Ediciones Rialp, 2017.
– PLATON. Timeo. Madrid. Editorial Gredos, 1992.
– SAN AGUSTÍN, Confesiones. Buenos Aires. San Pablo, 1990.
– STEINDL-RAS, David. La música del silencio. Buenos Aires. El Hilo de Ariadna, 2014.
– TOMAS DE AQUINO. Summa Theologica. Disponible en: //hjg.com.ar
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