La Influencia Positivista en la Cultura

Del fracaso filosófico al éxito invisible

Si hay algo sobre lo que podemos discutir en filosofía es en torno al éxito o fracaso el fracaso del pensamiento positivista,  gestado en el siglo XIX, y que tiene cómo trípode fundamental a los franceses Henri de Saint Simon y Auguste Comte, y al británico John Stuart Mill.

Este fracaso obedece a lo endeble de las premisas que sostienen todo su sistema filosófico, aun considerando que el trabajo de estos ha marcado luego profundamente el pensamiento político y social dando nacimiento a la sociología en sentido estricto como ciencia autónoma.

En la creencia de que la razón y la ciencia son las únicas guías seguras de la humanidad para alcanzar el bienestar y el progreso, cuando no menos la felicidad misma, intentaron replicar en el plano social y filosófico los métodos de las ciencias naturales; pretendiendo asimismo dejar de lado toda “fantasía” teológica y metafísica.

Y si bien, inicialmente tuvo repercusiones impactando en diversas disciplinas del saber social, el positivismo como escuela de pensamiento, digamos en estado puro, pasó a convertirse en una marginalidad propia de la época deslumbrada por la diosa Razón.

En este contexto, dos aspectos fundamentales del pensamiento positivista ayudan a ver, rápidamente, las falencias estructurales que dilapidan toda la estructura de esta escuela filosófica.

En primer lugar sostiene el Positivismo que “todo conocimiento científico es ciertamente válido en la medida en que puede ser demostrado experimentalmente”. Esta premisa, propia de las ciencias naturales, es pretendida para la totalidad del conocimiento. Podemos preguntarnos ¿cuál es su punto débil? Pues es muy simple: no hay ningún experimento que demuestre dicha afirmación como cierta. Por lo cual la premisa se cae en sí misma.

La otra columna fundamental de esta escuela de pensamiento es el llamado “triple estadio” o “ley de los tres estados” que postula Auguste Comte en su obra “Curso de filosofía positiva”.  Según esta teoría, la ciencia, el hombre y la sociedad evolucionan en su conjunto por tres estados. El primero denominado “Estado Teológico o Ficticio”; es aquel donde el hombre recurre a las deidades personificadas para dar explicación a su existencia. Todo cuanto se encuentra en la naturaleza y la persona misma es creación de lo divino o sobrenatural. Este estadio evoluciona desde el animismo, pasando por el politeísmo, hasta llegar al monoteísmo que implica la creencia en un Dios único, principio de unidad y deidad suprema.

Seguidamente, según Comte aparece el “Estado Metafísico o Abstracto”, aquí el hombre comienza a interrogarse sobre su naturaleza a partir de explicaciones abstractas e impersonales, surge una nueva forma intelectual de ver el mundo. Dios es ya una abstracción, una entidad más intelectual que personal, despiertan en algunas culturas las ideas de resurrección, reencarnación y transmigración del alma.  En última instancia, asegura el autor, se trata de una continuación o prolongación del primer estadio, pues el hombre aún permanece en la ignorancia del pensamiento natural.

Finalmente, la triple ley se completa con el denominado “Estado Científico o Positivo”. En él, el hombre y la sociedad alcanzan su madurez a través de la explicación científica basada en la observación y sobre todo en la demostración “experimental”. El hombre es capaz entonces de conocer con certeza la naturaleza de las cosas y dar respuesta a sus inquietudes mediante datos “duros”, estableciendo relaciones de causa y efectos, a partir de un método científico.

Así planteadas la cuestión, esta triple ley tendría un correlato en la historia, donde desde el mito se pasa a la metafísica y desde allí al conocimiento científico, que es perfecto, podemos decir en una máxima simplificación: estadío primitivo, estadío seudo racional, y estadío positivo – científico.

Semejante racionalismo determinista, que pretende reducir la filosofía y la teología a meras intuiciones propias de un estado primitivo en el hombre, no han logrado prosperar científicamente, lo que condujo a una derivación necesaria en otras concepciones por cierto más serias,  como ser el Círculo de Viena (llamado también neopositivismo) y todo lo que vino después hasta desembocar en la posmodernidad.

Pero fue la historia la protagonista principal en el siglo XX, de clarificar la situación, a partir del hecho determinante que significó la segunda guerra mundial y todo el esquema de derechos, garantías y tolerancia que vino después; la revalorización del pensamiento y de la condición humana en la diversidad y en la unidad sustancial del género humano. En este sentido la guerra sacó a la luz una variedad de monstruos que se habían gestado bajo las nubes del cientificismo.

Sin embargo, el pensamiento positivista avanzó en forma silenciosa y frente a lo que los científicos y filósofos pudieran decir, criticar o afirmar, se produjo una inculturación en una práxis casi sin retorno, anidando en una suerte de inconsciente colectivo, haciéndose cultura y carne en la sociedad misma.

¿Cuál fue el terreno que favoreció este desarrollo? Nunca se podrá explicar en toda su extensión, precisamente por la cuota de misterio que tiene el corazón del hombre, aquello que el mismo positivismo pretendió erradicar de toda conciencia. Evidentemente la humanidad entra desde la revolución industrial en una espiral de progreso técnico y científico que acompaña a todo este devenir histórico y asimismo se adentra en un profundo individualismo hedonista que lo lleva a buscar en la técnica la satisfacción de la vida.

En esta conciencia empírica se manifiesta el desprecio por aquello que Comte identificó en sus dos primeros estados. Lo religioso es visto como algo propio de los “viejos” y de los “ignorantes”, al punto de que muchas personas auto calificadas como “creyentes” viven una religiosidad con vergüenza, a escondidas o en un individualismo que raya el ocultismo. De ahí también la gestación de una religiosidad ad intra, privada, fuera de todo compromiso comunitario, social y evangélico. 

En este sentido, aún en el caso de los adultos, viven alejados de toda creencia, pues nadie quiere sentirse viejo e ignorante. ¿Quién se pregunta por el sentido del dolor, el por qué y para qué vive? Cada día es una carrera para llegar no se sabe dónde. Aún el escándalo del mal ha quedado atrás en esta coraza de individualidad, toda vez que la publicidad ofrece una felicidad que está siempre por llegar. Pero que no llegará nunca en estos términos.

¿Es el Positivismo Práctico el que por ahora lleva las de ganar?. ¿El estado religioso y metafísico es propio de los ignorantes, de los hombres primitivos, de los viejos? ¿Acaso, lo que importa es la técnica, porque esta trae bienestar y placer? 

Es un éxito invisible, que está ahí, riéndose de la verdad y de la misma ciencia. Y sin embargo, todo esto ya es viejo, nuevas mutaciones y derivaciones impensadas del positivismo ya están entre nosotros.


Descubre más desde Andrés Haedo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.