
Marx, en su Tesis sobre Feuerbach (1845), afirma que el mundo no hay que contemplarlo, sino transformarlo.
Este concepto presupone una acción, por tanto, es de observar que su pensamiento deriva siempre en una praxis que se pone en movimiento para bajar a la realidad concreta.
Asimismo, es de notar que, en la misma definición, esta necesidad de transformación del mundo presupone una incorrección del mismo, una falla o un error; pues de lo contrario no se comprende que algo que esté en lo cierto o verdadero deba ser transformado.
Por tanto, desde esta perspectiva, el mundo -entendido como aquello que se impone al hombre frente a sus ojos: la naturaleza, la sociedad, la cultura, etc. – debe ser cuestionado y finalmente transformado, toda vez que no sea compatible con la noción de verdad o justicia que según Marx corresponde. Por lo demás se confirma que toda transformación implica una necesaria subjetividad de aquel que opera sobre la misma.
Esta impronta cierra la puerta definitivamente a la contemplación; es decir a la facultad de admirarse del sujeto frente a lo que se presenta ante sus ojos, el mundo.
Dos poetas argentinos abren un panorama maravillosamente distinto. Se puede decir que son contemplativos. Salvando las distancias que existe entre ellos, comparten en común su profunda admiración frente al mundo, al punto de escrutarlo hasta el mismo misterio de su esencia.
Son un entrerriano y un salteño: Carlos Mastronardi y Manuel J. Castilla. Ellos hicieron de su tierra, de su gente y de la cultura de su tiempo, un canto de alabanza, un verdadero himno a aquello que se les imponía delante de sus ojos y diseccionaron el mundo con su mirada. Claro que es posible citar otros tantos, empezando por aquella página del Facundo (1845) donde Sarmiento escribe: “… inmensa la llanura, inmensos los bosques, inmensos los ríos, el horizonte siempre incierto, siempre confundiéndose con la tierra, entre celajes y vapores tenues, que no dejan, en la lejana perspectiva, señalar el punto en que el mundo acaba y principia el cielo.”
La obra poética de Carlos Mastronardi, abarca el período 1926 – 1967, considerando en esta última fecha, la publicación de sus poemas no incluidos en libros. En ese período de cuarenta años publicó tan sólo tres libros de poemas: Tierra Amanecida (1926), Conocimiento de la Noche (1937) y Siete Poemas (1963).
Su estilo concreto busca penetrar en la esencia de las cosas, de lo local, de aquello que su tierra provinciana le ofrecía como lo más inmediato. Ese poetizar sobre aquello que “aparece” es lo propio de la contemplación.
En la primera estrofa de su poema “Luz de Provincia” dice:
Quien mira es influido por un destino suave
cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado.
Vale recalcar de este verso una perla preciosa: “Quien mira es influido”. Esta es una perfecta definición de las implicancias de la contemplación del mundo. Por tanto, quien mira, ya no necesita “transformar”, como lo afirma Marx, sino dejarse “influir” por aquello que se impone con su misma perfección, con su saber; en definitiva, con la verdad.
En Mastronardi, los versos son un permanente despojarse de todo aquello que no hace a la esencia. Así en el poema “Para sepultar un olvido”, que cierra su primer libro se hace concreta esta conciencia del despojo:
Y en este silenciar que con Dios linda
me desnudo de noches y de días.
Se reconocen así los datos de una estética del silencio y del despojo; ese desnudarse del énfasis y de todo extranjerismo modernista (en palabras de J. C. Ghiano) y en definitiva, la búsqueda de un verso limpio, llano, concreto.
El poeta entra en el silencio y se desnuda de noches y de días. El mundo le habla, le dice, entra en diálogo con la belleza que se manifiesta ante sus ojos y su presencia. El poeta contempla el mundo.
Lejos de toda acción, Mastronardi es el poeta escéptico de la literatura comprometida con la lucha política, no le preocupa estar a contramano de su época; es fiel a lo que tienen para decir.
Otro contemplativo, Manuel J. Castilla es el poeta de su tierra, el noroeste argentino, pero también en íntima relación con el pueblo y sus costumbres.
Su poesía es un canto de las experiencias cotidianas, de los eventos que, a primera vista, parecen intrascendentes, pero donde el poeta descubre y saca a la luz lo eterno, lo que está más allá de los sentidos.
Castilla es el contemplativo, no sólo en relación con su tierra, la naturaleza, el paisaje, sino también con las “formas de ser” de la gente con la que habita. Todo cuanto observa, es factible de hacerse canto, alabanza y fiesta.
Esta tierra es hermosa.
Déjenme que la alabe desbordado,
que la vaya cavando
de canto en canto turbio
y en semilla y semilla demorando.
Ocurre que me pasa que la pienso despacio
y que empieza a dolerme casi como un recuerdo,
y sin embargo, triste, la festejo.
Su poder de observación es penetrante hasta dar con la sustancia misma. Su sabiduría reside en apreciar y vivir en la sencillez de las cosas.
Así, en estos dos poetas, tanto Carlos Mastronardi como Manuel J. Castilla, el yo no se presenta como autobiográfico, sino que se proyecta desde un diálogo del ser con las cosas, el mundo y el otro.
Mastronardi, pulió sus versos hasta el extremo, para hallar allí su esencia, la sustancia última y pura, de la cual hizo su material poético. Castilla por su parte, celebró y cantó a esa tierra que nos maravilla.
En esta poesía, no es el hombre que sale a transformar el mundo, antes bien, se reconcilia con él en un mismo acto de amor. En ellos aparecen los elementos fundamentales del acto contemplativo: la admiración frente a la perfección y belleza del mundo, el diálogo con él y finalmente el conocimiento que proporciona, no ya el sujeto, sino el mismo objeto contemplado.
Estos poetas nos acercan a la verdad, nos hablan del amor que subyace en aquello que vemos, por eso nos conmueven tanto.
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